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LOS PROTOCOLOS de los Sabios de Sion
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PROTOCOLO I
comparaciones y deducciones. Voy, pues, a formular nuestro
sistema desde el punto de vista nuestro y desde
el punto de vista de los cristianos.
Hay que hacer notar ante todo que los hombres dotados de
malos instintos abundan más que los de buenos
sentimientos. Por esta razón hay que esperar mejores
resultados cuando se gobierna a los hombres por medio de
la violencia y el terror, que cuando se trata de gobernarles por
medio de las discusiones académicas. Todo hombre
aspira al poder; cada uno quisiera convertirse en dictador; si
esto fuera posible al mismo tiempo, muy poco faltaría
para que no estuvieran todos prontos a sacrificar el bien de los
demás, a trueque de conseguir cada uno su propio
provecho.
¿Qué es, pues, lo que ha reprimido hasta
ahora a esa bestia feroz que se llama hombre? ¿Qué es
lo que ha
podido dirigirle hasta el presente? Al iniciarse el orden social,
el hombre se ha sometido a la fuerza bruta y ciega;
más tarde, a la Ley, que no es más que esa misma
fuerza, pero disfrazada. De donde yo saco la conclusión
que,
según la Ley Natural, el derecho radica en la fuerza. La
Libertad Política es una idea y no un hecho. Se
necesita
saber aplicar esta idea cuando es necesario atraer las masas
populares a un partido con el cebo de una idea, si ese
partido ha resuelto aplastar al contrario que se halla en el
poder. Este problema resulta de fácil solución si
el
adversario se mantiene en el poder en virtud de la idea de
libertad, de eso que se llama Liberalismo, y sacrifica un
poco de su fuerza en obsequio de esa idea: Libertad. Y he
aquí por dónde ha de llegar el triunfo de nuestra
teoría:
una vez que se aflojan las riendas del poder, inmediatamente son
recogidas por otras manos, en virtud del instinto
de conservación, porque la fuerza ciega del pueblo no puede
quedar un solo día sin tener quien la dirija, y el
nuevo
poder no hace otra cosa sino reemplazar al anterior debilitado por
el Liberalismo.
En nuestros días, el poder del oro ha reemplazado al
poder de los gobiernos liberales. Hubo un tiempo en que la fe
gobernaba. La idea de libertad es irrealizable, porque nadie hay
que sepa usar de ella en su justa medida. Basta
dejar al pueblo que por algún tiempo se gobierne a
sí mismo, para que inmediatamente esta autonomía
degenere
en libertinaje. Surgen al punto las discusiones, que se
transforman luego en luchas sociales, en las que los Estados
se destruyen, quedando su grandeza reducida a cenizas.
Sea que el Estado se debilite en virtud de sus propios
trastornos, sea que sus disensiones interiores lo ponen a
merced de sus enemigos de fuera, desde ese momento, ya puede
considerarse como irremediablemente perdido;
ha caído bajo nuestro poder.
El despotismo del Capital, tal como está en nuestras
manos, se le presenta como una tabla de salvación y a la
que,
de grado o por fuerza, tiene que asirse, si no quiere naufragar. A
quien su alma noble y generosa induzca a
considerar estos discursos como inmorales, yo le
preguntaría: Si todo Estado tiene dos enemigos y contra
el
enemigo exterior le es permitido, sin tacharlo de inmoral, usar
todos los ardides de guerra, como ocultarle sus
planes, tanto de ataque como de defensa; sorprenderlo de noche o
con fuerzas superiores, ¿por qué estos mismos
ardides empleados contra un enemigo más peligroso que
arruinaría el orden social y la propiedad, han de
reputarse como ilícitos e inmorales? ¿Puede un
espíritu equilibrado esperar dirigir con éxito las
turbas por medio
de prudentes exhortaciones o por la persuasión, cuando el
camino queda expedito a la réplica, aun la más
irracional, si se tiene en cuenta que ésta parece reducir
al pueblo que todo lo entiende superficialmente? Los
hombres, sean de la plebe o no, se guían casi
exclusivamente por sus pasiones, por sus supersticiones, por
sus
costumbres, sus tradiciones y sus teorías sentimentales;
son esclavos de la división de partidos que se oponen
aun
a la más razonable avenencia. Toda decisión de las
multitudes depende, en su mayor parte, de la casualidad, y
cualquier resolución suya es superficial y adoptada con
ligereza. En su ignorancia de los secretos políticos,
las
multitudes toman resoluciones absurdas y la anarquía
arruina a los gobiernos.
La política nada tiene que ver con la moral. El
gobierno que toma por guía la moral no es político,
y en
consecuencia es débil. El que quiera dominar debe recurrir
a la astucia y a la hipocresía. Esas grandes cualidades
populares, franqueza y honradez, son vicios en política,
porque derriban de sus tronos a los reyes mejor que el
más
poderoso enemigo. Estas virtudes deben ser atributos de los
príncipes cristianos; pero nunca debemos tomarlas
por guías de nuestra política.
Nuestro objeto es apoderarse de la fuerza. La palabra
Derecho es un concepto abstracto, al que nada
corresponde en el orden real y con nada se justifica.
Esta palabra simplemente significa: Dame esto que yo quiero,
para probar que yo soy más fuerte que tú...
¿Dónde empieza y dónde acaba el derecho? En un
estado en el que el poder está mal organizado, en el que
las
leyes y el gobierno se han convertido en algo impersonal, como
efectivamente sucede con los innumerables
derechos que el Liberalismo ha creado, yo veo un nuevo derecho: el
de echarme en virtud de la ley del más fuerte,
sobre el orden, sobre todos los reglamentos y leyes establecidos,
y trastornarlos; el de poner mano sobre la ley, el
de reconstruir a mi antojo todas las instituciones y constituirme
amo y señor de los que nos abandonan los
derechos que su propia fuerza les había dado, y a los que
han renunciado voluntariamente, liberalmente...
Gracias a la debilidad actual de todos los gobiernos, el
nuestro será más duradero que cualquier otro, porque
será
invencible hasta el último momento, y quedará tan
profundamente arraigado que no habrá astucia que pueda
causar su ruina...
De todos los males más o menos transitorios que hasta
hoy nos hemos visto obligados a causar, nacerá el bien
de
un gobierno inconmovible que restablecerá la marcha normal
del mecanismo de la existencia nacional, perturbada
por el Liberalismo. El éxito justifica los medios. Pongamos
la atención en nuestros proyectos, pero
fijándonos
menos en lo bueno y lo moral que en lo necesario y en lo
útil.
Tenemos delante de nosotros un plan en el que están
estratégicamente expuestos los lineamientos de los que
no
podemos desviarnos sin peligro de ver destruidos el trabajo de
muchos siglos.
Para encontrar los medios que conducen a este fin, debemos
tomar en cuenta la cobardía, la volubilidad, la
inconstancia de las multitudes; su incapacidad para comprender y
valorizar las condiciones de su vida y de su
bienestar. Es necesario no perder de vista que la fuerza de las
multitudes es ciega e insensata; que no discurren,
que oyen lo mismo de un lado que del otro. Un ciego no puede guiar
a otro sin caer ambos al precipicio. Pues de
igual manera los hombres de las turbas, salidos del pueblo, aunque
estén dotados de un genio singular, les hace
falta comprender la política y no pueden intentar con
éxito dirigir a los demás sin causar la ruina de una
nación.
Sólo un individuo preparado desde su niñez a
la autocracia puede conocer el lenguaje y la realidad
políticas. Un
pueblo abandonado a sí mismo, es decir, puesto en manos de
un advenedizo, se arruina por las discordias de los
partidos que excitan la sed del mando y por los desórdenes
que de esto se originan. ¿Pueden por ventura las
turbas populares razonar serenamente, sin rivalidades intestinas y
dirigir los asuntos del Estado, que no pueden ni
deben confundirse con los intereses personales? ¿Pueden
defenderse contra los enemigos de fuera?. Esto es
imposible. Cualquier plan dividido entre tantas cabezas como son
las de las multitudes, resulta ininteligible e
irrealizable.
Sólo un autócrata puede elaborar planes vastos
y claros; dar a cada cosa el lugar que le corresponde en el
mecanismo de la máquina del gobierno. Digamos, pues, en
conclusión, que para que un gobierno pueda ser útil
al
pueblo y alcanzar el fin que se propone, debe estar centralizado
en las manos de un individuo responsable. Sin el
despotismo absoluto, la civilización es. imposible; la
civilización no es obra de las masas, sino del que las
dirige,
sea éste el que fuere. La multitud es un bárbaro que
en todas las ocasiones demuestra su barbarie. Tan pronto
como las turbas arrebatan su libertad, ésta degenera en
anarquía, que es el más alto grado de barbarie.
¡Ved esos animales ebrios de aguardiente, embrutecidos
por el vino, esos hombres a quienes al mismo tiempo que
se les ha dado la libertad se les ha concedido el derecho de beber
hasta ahogarse! Nosotros no podemos permitir
que los nuestros caigan tan bajo.
Los pueblos cristianos están idiotizados por el
alcohol y los licores; su juventud embrutecida por los
estudios
clásicos y el libertinaje precoz al que la han empujado
nuestros agentes-maestros, criados, gobernantes, en las
casas ricas; otros agentes nuestros, nuestras mujeres, en los
centros de diversión de los Cristianos. A estas
últimas hay que sumar las que se llaman mujeres de mundo,
imitadoras voluntarias del libertinaje de aquéllas y
de su lujo.
Nuestra palabra de orden es la fuerza y la
hipocresía. Sólo la fuerza puede triunfar en
política, principalmente si
permanece velada por el talento y demás cualidades
necesarias a los hombres de Estado.
La violencia ha de ser un principio: la hipocresía y
la astucia una regla para los gobernantes que no quieran dejar
caer su corona en las manos de una fuerza nueva. Este mal es el
medio único de llegar al fin: el bien.
Por lo mismo, no debemos detenernos como espantados delante
de la corrupción, del engaño, de la
traición,
siempre que ellos sean medios para llegar a nuestros fines. En
política se necesita saber echarse sin vacilaciones
sobre la propiedad ajena, si por este medio podemos obtener la
sumisión de los pueblos y el poder.
Nuestro Estado, en esta conquista pacífica, tiene el
derecho de reemplazar y sustituir los horrores de la guerra
por las sentencias de muerte, menos ostensibles, pero más
provechosas para mantener vivo este terror que hace a
los pueblos que obedezcan ciegamente. Una severidad justa, pero
inflexible, es el principal factor de la fuerza de
un Estado, y esto constituye no sólo una ventaja nuestra,
sino también un deber, el deber que tenemos de
adaptarnos a este programa de violencia y de hipocresía,
para alcanzar el triunfo.
Tal doctrina basada sobre el cálculo es tan eficaz
como los medios de que se sirve. No es, pues, solamente por
estos medios, sino también por esta doctrina de la
severidad como someteremos todos los gobiernos a nuestro
Super-Gobierno. Bastará que se sepa que somos inflexibles
para reprimir todo conato de insubordinación.
Somos los primeros que en los tiempos que se llaman antiguos
echamos a volar entre el pueblo las palabras:
LIBERTAD, IGUALDAD, FRATERNIDAD; palabras tantas veces repetidas
en el correr de los años por
cotorras inconscientes que, atraídas de todas partes por
este cebo, no han hecho uso de él sino para destruir la
prosperidad del mundo, la verdadera libertad del individuo, en
otras épocas tan bien garantizada contra las
violencias de las turbas. Hombres que se juzgan inteligentes, no
han sido capaces de desentrañar el sentido oculto
de estas palabras, ni han visto la contradicción que ellas
encierran, ni han comprendido que no puede haber
igualdad en la naturaleza, ni puede haber libertad, y que la
naturaleza misma ha establecido la desigualdad de
espíritus, de caracteres, de inteligencias tan
estrictamente sometidos a sus leyes; tampoco han comprendido
que
las turbas. son una fuerza ciega; que los advenedizos que ellas
escogen para que las gobiernen no son menos
ciegos ni más entendidos en política que ellas
mismas; que el iniciado en estos secretos, así sea un
ignorante, será
apto para el gobierno, mientras que las multitudes de los no
iniciados, aunque sean grandes talentos, nada
entienden de política.
Todas estas consideraciones no están al alcance de
las inteligencias de los Cristianos; sin embargo, en ellas
descansa el principio de los gobiernos dinásticos: el padre
transmitía a su hijo los secretos de la
política,
desconocidos a cualquier otro que no fuera de la familia reinante,
a fin de que esos secretos no fueran
traicionados. Más tarde, el sentido de la
transmisión hereditaria y de los verdaderos principios de
la política se
perdió. El éxito de la obra fue en aumento.
Sin embargo, en el mundo las palabras Igualdad, Libertad y
Fraternidad, con la intervención de nuestros agentes
incondicionales, incorporaron a nuestras filas verdaderas legiones
de hombres que tremolaron con entusiasmo
nuestras banderas. Pero estas palabras son la carcoma que roe y
destruye la prosperidad de todos los Cristianos,
destruyendo por completo la paz, la tranquilidad, la
unión,- minando todos los fundamentos de sus Estados.
Vosotros veréis en seguida que esto contribuye a
vuestro triunfo: nos da, entre otras cosas, la posibilidad de
obtener la victoria más importante: es decir, la
abolición de los privilegios de la aristocracia de los
Cristianos y del
único medio de defensa que tenían contra nosotros
los pueblos y las naciones. Sobre las ruinas de la
aristocracia
natural y hereditaria, hemos alzado nuestra aristocracia de la
inteligencia y del dinero. Hemos tomado por criterio
de esta aristocracia la riqueza, que depende de nosotros, y la
ciencia que está dirigida por nuestros sabios.
Nuestra victoria ha sido tanto más fácil
cuanto que nosotros, en las relaciones que tenemos con los hombres
de
que necesitamos para nuestro fin, sabemos siempre herir las fibras
más sensibles del espíritu humano: el
cálculo,
la codicia, la insaciabilidad de las necesidades materiales de los
hombres; cada una de estas debilidades explotada
separadamente es capaz de ahogar el espíritu de iniciativa,
poniendo la voluntad de los hombres a la disposición
del que compra su actividad.
El concepto abstracto de la libertad ha hecho posible el
persuadir a las multitudes de que un gobierno no es más
que un gerente del propietario del país, es decir, del
pueblo, y que se le puede cambiar como se cambia un par de
guantes usados. La amovilidad de los representantes del pueblo los
pone a nuestro arbitrio; ellos dependen de
nuestra elección.