Capítulos 6 a 11:

6.Propaganda de guerra

7.La revolución

8.La iniciación de mi actividad política

9.El partido obrero alemán

10.Las causas del desastre

11.La nacionalidad y la raza

12.La primera fase del desarrollo del Partido Obrero Alemán Nacionalsocialista


CAPÍTULO SEXTO

Propaganda de guerra

Habituado a seguir con marcada atención el curso de los acontecimientos políticos, la actividad de la propaganda me había interesado siempreûo extraordinario. Veía en ella un instrumento que justamente las organizaciones marxistas y socialistas dominaban y empleaban con maestría. Pronto debí darme cuenta de que la conveniente aplicación de recurso de la propaganda constituía realmente un arte, casi desconocido para los partidos burgueses de entonces. El movimiento cristiano-social, especialmente en la época de Lueger, fue el único capaz de servirse de ese instrumento con una cierta virtuosidad, lo cual le valió muchos de sus éxitos.

Durante la gran guerra empezó a observarse a qué enormes resultados podía conducir la acción de una propaganda bien llevada. Aquello que nosotros habíamos descuidado, lo supo explotar el adversario con increíble habilidad y con un sentido de cálculo verdaderamente genial. Par mi vida política fue una gran enseñanza la propaganda de guerra del enemigo.

¿Existió en realidad una propaganda alemana de guerra?

Sensiblemente debo responder que no. Todo lo que se había hecho en este orden fue tan deficiente y erróneo desde un principio que no reportaba provecho alguno y que a veces llegaba a resultar incluso contraproducente.

Deficiente en la forma, psicológicamente errada en su carácter. Tal es la conclusión a que se llega examinando con detenimiento la propaganda alemana de guerra.

La propaganda es un medio y debe ser considerada desde el punto de vista del objetivo al cual sirve. Su forma, en consecuencia, tienen que estar acondicionada de modo que apoye al objetivo perseguido. La finalidad por la cual habíamos luchado en la guerra fue la más sublime y magna de cuantas se puede imaginar para el hombre. Se trataba de la libertad y de la independencia de nuestro pueblo, se trataba de asegurar nuestra subsistencia en el porvenir – se trataba del honor de la nación. El pueblo alemán luchó por el derecho a una humana existencia, y apoyar esa lucha debió haber sido el objetivo de nuestra propaganda de guerra.

En el momento en que los pueblos de este planeta luchan por su existencia, es decir, cuando se les hace inminente el problema decisivo del ser o no ser, quedan reducidas a la nada las consideraciones humanitaristas o estéticas. Por lo que al humanismo respecta, ya Moltke dijo que, en la guerra, radicaba en la celeridad del procedimiento, es decir, que el humanitarismo suponía en consecuencia el empleo de los medios de lucha más eficaces, según eso, las armas más crueles eran humanitarias, si es que aceleraban la consecución de la victoria y sólo eran buenos aquellos métodos capaces de contribuir a asegurarle a la nación la dignidad de su autonomía.

En una lucha tal, de vida o muerte, debió haber sido ésta la única orientación posible para la propaganda de guerra. Si de eso se hubiesen percatado las autoridades llamadas responsables, jamás se habría podido caer en la inseguridad de la forma y modo de empleo de aquel recurso, que también es un arma y un arma verdaderamente terrible, en manos de quien sabe servirse de ella.

Toda acción de propaganda tiene que ser necesariamente popular y adaptar su nivel intelectual a la capacidad receptiva del más limitado de aquellos a los cuales está destinada. De ahí que su grado netamente intelectual deberá regularse tanto más hacia abajo, cuanto más grande sea el conjunto de la masa humana que ha de abarcarse. Mas cuando se trata de atraer hacia el radio de influencia de la propaganda a toda una nación, como exigen las circunstancias en el caso del sostenimiento de una guerra, nunca se podrá ser lo suficientemente prudente en lo que concierte a cuidar que las formas intelectuales de la propaganda sean, en lo posible, simples.

La capacidad de asimilación de la gran masa es sumamente limitada y no menos pequeña su facultad de comprensión, en cambio es enorme su falta de memoria. Teniendo en cuenta estos antecedentes, toda propaganda eficaz debe concretarse sólo a muy pocos puntos y saberlos explotar como apotegmas hasta que el último hijo del pueblo pueda formarse una idea de aquello que se persigue. En el momento en que la propaganda sacrifique ese principio o quiera hacerse múltiple, quedará debilitada su eficacia por la sencilla razón de que la masa no es capaz de retener ni asimilar todo lo que se le ofrece. Y con esto sufre detrimento el éxito, para acabar a la larga por ser completamente nulo.

Fue un error fundamental poner en ridículo al adversario, como lo hacía la propaganda de las hojas humorísticas de Austria y Alemania; error fundamental, porque el individuo al verse, cuando llegaba el momento, cara a cara con el enemigo, cambiaba por completo de convicción, lo cual por cierto debió traer muy graves consecuencias. Bajo la impresión inmediata de la resistencia que oponía el adversario, el soldado alemán se sintió defraudado por aquellos que hasta entonces habían ilustrado su criterio, y en lugar de experimentar una reacción de mayor espíritu combativo o por lo menos una consolidación del mismo, se produjo el fenómeno contrario; sobreviniendo un momentáneo desaliento.

Opuestamente a esto, la propaganda de guerra de los ingleses y de los americanos era psicológicamente adecuada porque al pintar a los alemanes como a bárbaros, como si fuesen los hunos, predisponían a sus soldados a los horrores de la guerra y contribuían así a ahorrarles decepciones. El arma más temeraria que hubiese podido emplearse contra ellos no les debía entonces parecer más que una comprobación de lo ya oído, acrecentándose de este modo su fe en la rectitud de las apreciaciones de su gobierno y ahondando por otra parte su furor y su odio contra el enemigo maldito.

Así fue como el soldado inglés jamás tuvo la impresión de haber sido falsamente informado desde su país, muy al contrario de lo que sensiblemente ocurría con el soldado alemán, que acabó por rechazar en general como "embustes" las informaciones que recibía desde retaguardia.

La finalidad de la propaganda no consiste en compulsar los derechos de los demás, sino en subrayar con exclusividad el propio, que es el objeto de esa propaganda. Error capital fue el de discutir la cuestión de la culpabilidad de la guerra considerando que no sólo Alemania era la responsable del estallido de la catástrofe. Mejor se habría obrado imputando totalmente la culpa al enemigo, aún en el caso de que Alemania hubiese sido verdaderamente culpable lo cual, en realidad, no era cierto.

La masa del pueblo es incapaz de distinguir dónde acaba la injusticia de los demás y dónde comienza la suya propia.

La gran mayoría del pueblo es, por naturaleza y criterio, de índole tan femenina, que su modo de pensar y obrar se subordina más a la sensibilidad anímica que a la reflexión. Esa sensibilidad no es complicada, por el contrario es muy simple y rotunda. Para ella no existen muchas diferenciaciones, sino un extremo positivo y otro negativo: amor u odio, justicia o injusticia, verdad o mentira, pero jamás estados intermedios.

Todo esto lo supo comprender y tomar en cuenta en forma realmente genial la propaganda inglesa. Allá no había en efecto razones de dos filos que condujesen a la duda. Una prueba del admirable conocimiento de la emotividad primitiva de la gran masa constituía su propaganda de las "atrocidades alemanas" perfectamente adaptada a las circunstancias y que aseguró, en forma tan inescrupulosa como genial, las condiciones necesarias para el mantenimiento de la moral en el teatro de la guerra, aún en el caso de las mayores derrotas. Otra prueba de la propaganda inglesa en este orden era la contundente sindicación que se hacía del enemigo alemán considerándole como el único culpable del estallido de la guerra. Una mentira que, sólo gracias a la parcializada e impúdica persistencia con que era difundida, pudo adaptarse al sentir apasionado y siempre extremista de las muchedumbres y por eso mereció su crédito.

La variación en la propaganda no debe alterar jamás el sentido de aquello que es el objeto de esa propaganda, sino que desde el principio hasta el fin, debe significar siempre lo mismo. Puede el motivo en cuestión ser considerado desde puntos de vista diferentes, mas es condición esencial que toda exposición entrañe en resumen, invariablemente, la misma fórmula. Sólo de esta suerte es posible hacer que la propaganda sea eficaz y uniforme.

El éxito de toda "réclame", sea en el campo del comercio o en el de la política, supone una acción perseverante y la constante uniformidad de su aplicación. Al cabo de cuatro años y medio estalló en Alemania una revolución cuyo lema provenía de la propaganda de guerra enemiga.

Inglaterra se había percatado de algo más al considerar que el éxito del arma espiritual de la propaganda, dependía de la magnitud de su empleo y que ese éxito compensaba plenamente todo esfuerzo económico.

La propaganda era considerada allí como un arma de primer orden, en tanto que entre nosotros no significaba otra cosa que el último mendrugo para políticos sin situación o bien la posibilidad de un puestecillo de retaguardia para héroes modestos.

Por eso, en conjunto, el resultado de la propaganda alemana de guerra fue igual a cero.

 


 

CAPÍTULO SEPTIMO

La revolución

En el verano de 1915 cayeron sobre nuestras líneas los primeros manifiestos lanzados por aviadores enemigos.

A parte de algunas variaciones en la forma de su redacción, el contenido era siempre el mismo: que la miseria en Alemania aumentaba a diario; que la guerra duraría indefinidamente y que las posibilidades del triunfo para Alemania eran cada vez menores; que el pueblo alemán anhelaba por eso la paz, siendo sólo el "militarismo" y el "Kaiser" los que se oponían a ello; que el mundo entero, bien informado de estos antecedentes, no hacía la guerra propiamente contra el pueblo alemán, sino exclusivamente contra el único culpable: el Emperador Guillermo II; que la lucha no terminaría hasta que este enemigo de la humanidad pacífica hubiera sido eliminado, pero que las naciones libres y democráticas acogerían, después de la guerra, al pueblo alemán en el seno de la Liga de la paz mundial, al cual quedaría asegurada en el momento en que el "militarismo" prusiano fuera destruido, etc, etc.

En general tales experimentos provocaban por entonces sólo hilaridad entre nosotros.

Pronto debió llamarnos especialmente la atención uno de los aspectos de esa propaganda. Era el hecho de que en cada sector del frente donde actuaban bávaros, los volantes enemigos instigaban sistemáticamente contra Prusia, afirmando, por una parte, que Prusia era la única culpable y responsable de la guerra, y por otra, que contra Baviera precisamente no existía la más mínima animadversión; pero que, claro, era imposible prestarle ayuda, mientras estuviese al servicio del militarismo prusiano, sacando para este las castañas del fuego.

Ya en 1915 comenzó a producir ciertos resultados esa forma de influenciación. La excitación contra Prusia se hizo visible entre la tropa, sin que desde las esferas comandantes se dejase sentir una contracción eficaz.

A partir de 1916 la propaganda enemiga obtuvo éxitos manifiestos; asimismo las cartas quejumbrosas que venían desde los hogares, hacía tiempo que surtían su efecto.

Sugestivas revelaciones hiciéronse notorias desde aquel año. Los combatientes protestaban y "refunfuñaban", mostraban su descontento sobre muchos aspectos y hasta se exacerbaban con razón. Mientras ellos en el frente sufrían hambre y privaciones y los suyos en el hogar soportaban todo género de miserias, en otras partes reinaba la abundancia y la disipación. Evidentemente que incluso en el mismo teatro de operaciones no todo andaba en orden. Pero con todo, estas cosas no dejaban de ser cuestiones de orden "interno". El mismo soldado que minutos antes vituperaba y gruñía, cumplía luego silenciosamente su deber, y la misma compañía que había mostrado su descontento, aferrábase después a la trinchera que tenía que defender, como si el futuro de Alemania hubiese dependido de aquellos cien metros de barrosas zanjas. ¡Ese era todavía el frente del viejo y glorioso ejército de héroes!

Los últimos días de septiembre de 1916 mi división entró a actuar en la batalla del Somme. Para nosotros fue esta la primera de las monstruosas batallas de material que debieron seguir y cuya impresión muy difícilmente se puede describir – aquello era más infierno que guerra.

El 7 de octubre caí herido.

Habían transcurrido dos años desde la última vez que estuve en la patria, un lapso infinitamente largo bajo los rigores de la guerra. A medida que nuestro tren se aproximaba a la frontera cada uno de nosotros sentía una profunda inquietud interior.

Fui enviado al hospital militar de Beelitz, cerca de Berlín, ¡Qué cambio! Del barro de la batalla del Somme a las blancas camas de aquel maravilloso edificio.

Desgraciadamente este ambiente debió serme también nuevo en otro sentido. El espíritu inquebrantable del ejército en el frente parecía no tener ya cabida allí. En este lugar oí por primera vez algo que se desconocía en el frente: la ponderación de la propia cobardía.

Restablecido, en cuanto pude caminar, se me dio permiso para trasladarme a Berlín. Pobreza amarga se revelaba en todas partes. La ciudad de los millones padecía hambre. Dominaba el descontento. En los sitios frecuentados por soldados el estado de ánimo era parecido al que reinaba en el hospital. Se recibía la impresión de que aquellos elementos buscaban deliberadamente esos lugares para propagar su pesimismo.

Aún mucho más decepcionantes eran las circunstancias de Munich. Creí no volver a reconocer aquella ciudad cuando después de abandonar el hospital de Beelitz, fui allí destinado a un batallón de reserva. Por doquier: malhumor, decaimiento, vituperios. Hasta en el mismo batallón se notaba una depresión profunda. Contribuía a ello el trato demasiado torpe que se daba a los evacuados por parte de viejos oficiales instructores, que jamás habían estado en el frente y que por lo mismo sólo muy relativamente eran capaces de armonizar con los combatientes veteranos, que poseían ciertas particularidades adquiridas durante su permanencia en el teatro de la guerra, que resultaban incompresibles para los jefes de la tropa de reserva. Contrariamente, era natural que el oficial venido del frente mereciese por parte de esa tropa mayor respeto que un comandante de etapas. Pero aún prescindiendo de todo esto, el estado general de ánimo era miserable: el emboscarse se consideraba casi como una prueba de inteligencia superior, en cambio, la firme lealtad como una característica de debilidad moral o de estupidez. Las oficinas estaban ocupadas por elementos judíos; casi todo amanuense era un judío y todo judío un amanuense. Me asombraba ver aquí tantos "combatientes" del pueblo elegido y no podía menos que comparar su número con los escasos representantes que de ellos había en el frente.

En el aspecto económico, la situación era todavía peor, pues ahí es donde el elemento judío había llegado a hacerse realmente "indispensable".

Mientras el judío esquilmaba a toda la nación y la sojuzgaba, agitábase al pueblo bávaro contra los "prusianos". Yo veía en esa agitación la más genial artimaña del judío para desviar la atención general concentrada sobre su persona.

La maldita discordia existente entre los Estados federales del Reich se me había hecho insoportable y me sentía dichoso ante la idea de volver al frente de batalla, para lo cual ya al llegar a Munich había presentado mi solicitud.

A principios de marzo de 1917 me encontraba nuevamente en mi regimiento.

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La depresión reinante en el ejército parecía haber alcanzado su punto culminante a fines de 1917. Después del desastre ruso, todo el ejército cobró nuevos bríos y nuevas esperanzas; pero ante todo la derrota italiana ocurrida en el otoño de ese año, provocó un maravilloso efecto, pues en esa victoria nuestra, pudo verse una prueba de la posibilidad de romper también la resistencia enemiga no sólo en el frente ruso. Otra vez una fe grandiosa invadió los corazones de millones de hombres y así, llenos de confianza, esperábamos la primavera de 1918.

Pero mientras en el teatro de operaciones se hacían los últimos preparativos para poner término a la eterna lucha; mientras inacabables convoyes, transportando hombres y material bélico, se dirigían hacia el frente occidental y cuando, en fin, las tropas recibían instrucciones para la gran ofensiva, debió producirse en Alemania la mayor de las iniquidades de toda la guerra.

¡Se había organizado la huelga de municiones!

Cierto es que esta huelga no alcanzó el éxito anhelado, al tratarse del encarecimiento de elementos bélicos en el frente, porque estalló prematuramente, de suerte que la falta de municiones no fue tan grande como para poder llevar al ejército a la ruina tal como lo previera el plan de los organizadores. Mucho más desastroso, en cambio, fue el efecto moral que causó.

Había que preguntarse, primero: ¿Por qué el ejército seguía luchando si es que el pueblo mismo no quería la victoria? ¿A qué conducían entonces los enormes sacrificios y las privaciones? El soldado peleaba por la victoria, y el país le oponía la huelga. Y segundo: ¿Cuál fue la impresión producida en el ánimo del enemigo?

En el invierto de 1917-1918 aparecieron por primera vez nubarrones en el firmamento del mundo aliado. El miedo, el horror, se había infiltrado en el ánimo de los combatientes adversarios, fanáticamente convencidos hasta aquel momento. Se temía la primavera venidera. Porque si hasta aquel momento no se había conseguido romper la resistencia alemana concentrada sólo parcialmente en el frente occidental, ¿cómo contar con la victoria ahora que parecía acumularse para la ofensiva en ese frente, toda la energía guerrera de la nación asombrosamente heroica?

En tales circunstancias estalló la guerra en alemanía.

El mundo quedó estupefacto en el primer momento, pero en seguida, como librándose de una pesadilla, la propaganda anti-alemana se lanzó a explotar aquella ventaja en la hora suprema. Súbitamente se había encontrado el recurso capaz de levantar el ánimo deprimido de las tropas aliadas. De nada les servirá a los alemanes –se decía- obtener cuantas victorias quiera, puesto que en su país no habrá de ser el ejército vencedor quien haga su entrada triunfal, sino la revolución

Esta es la creencia que comenzó a inculcar en el alma de sus lectores la prensa inglesa, francesa y americana, mientras la acción de una habilísima propaganda levantaba la moral de las tropas en el frente.

Este fue el resultado de la huelga de municiones que, en los pueblos enemigos, reconfortó la fe en la victoria eliminando a su vez la desesperación enervante que cundía en el frente aliado y haciendo, en consecuencia, que miles de soldados alemanes tuvieran que pagar aquel error del pueblo con el tributo de su sangre. Los promotores de tan infame huelga fueron luego nada menos que los aspirantes a los más altos cargos públicos en la inmediata Alemania de la revolución.

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Había tenido la suerte de poder tomar parte en las dos primeras y en la última de las ofensivas del ejército en el frente occidental.

De ellas conservo las más hondas impresiones de mi vida, hondas precisamente porque en 1918 por última vez la lucha perdía su carácter defensivo para trocarse en acción de ataque, como al comienzo de la guerra en 1914.

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En el verano de 1918 notábase una pesada atmósfera en todo el frente. La discordia reinaba en la patria. ¿Y por qué? Múltiples rumores circulaban en los diversos sectores de las tropas del ejército en campaña. Se decía que ya la guerra no tenía más perspectivas y que sólo los locos podían confiar todavía en la victoria; que el pueblo alemán no tenía ya interés en mantener la resistencia y que únicamente los capitalistas y la monarquía estaban interesados en ello. Todo esto venía desde la patria y era comentado en el frente.

Al principio los combatientes reaccionaron aunque débilmente ante aquella propaganda. ¿Qué nos importaba el sufragio universal? ¿Acaso para eso habíamos luchado durante cuatro largos años?.

Los probados elementos del frente de batalla eran muy poco susceptibles de adaptarse a la nueva finalidad de guerra que predicaban los señores Ebert, Scheidemann, Barth, Liebknecht y otros. No podía comprenderse cómo de un momento a otro los emboscados resultaban con derecho a atribuirse, por encima del ejército, la hegemonía del Estado.

Mi punto de vista personal fue firme desde el primer momento; odiaba profundamente a toda esa caterva de miserables y defraudadores políticos partidistas. Hacía mucho tiempo que veía claramente que la obra de esa camada de individuos no buscaba en realidad el bienestar de la nación, sino simplemente el propósito de llenar sus bolsillos vacíos. Y el hecho de que ellos fuesen capaces de sacrificar a todo el pueblo y si era necesario llevar también a Alemania a la ruina, hizo que los considerase ya desde entonces, maduros para la horca. Ceder ante sus deseos implicaba sacrificar los intereses del pueblo trabajador en provecho de un grupo de timadores, y satisfacerlos, sólo era posible al precio de renunciar a Alemania. Así pensaba – como yo- la gran mayoría del ejército en campaña.

En agosto y septiembre aumentaron rápidamente los síntomas de disociación, a pesar de que el efecto de la ofensiva enemiga no podía compararse jamás con el horror de las batallas de nuestra acción defensiva de otros tiempos. Las batallas del Somme y de Flandes han quedado en este orden como algo sin precedentes para la posteridad.

A fines de septiembre, mi división volvió a ocupar por tercera vez las mismas posiciones que otrora asaltáramos con nuestros jóvenes regimientos de voluntarios.

¡Qué de recuerdos!

Ahora, en el otoño de 1918, los hombres habían cambiado: se hacía política entre la tropa. El veneno que venía de la retaguardia, comenzó a hacer también aquí, como en todas partes, su ponzoñoso efecto. Las nuevas reservas fracasaron completamente - ¡venían de la retaguardia!

En la noche del 13 al 14 de octubre los ingleses empezaron a lanzar granadas de gas en el frente sur del sector Ypres. Empleaban el gas "cruz amarilla" cuyos efectos no nos eran todavía conocidos por propia experiencia. Yo debí, pues, aquella noche experimentarlos también. Hacía la media noche ya una parte de nuestra tropa quedó inutilizada y algunos camaradas malogrados para siempre. Al amanecer, también yo fui presa de terribles dolores que de cuarto en cuarto de hora se hacían más intensos. A las 7 de la mañana, tropezando y tambaleándome me dirigía hacia la retaguardia llevando aun mi último parte de guerra del campo de batalla.

Algunas horas más tarde mis ojos estaban convertidos en ascuas y las tinieblas dominaban en torno mío.

En estas condiciones se me trasladó al hospital de Pasewalk, en Pomeramia, donde debía pasar la época de la revolución.

Rumores desfavorables venían a menudo desde los círculos de la marina, donde se decía que fermentaban los ánimos. Pero todo esto me parecía ser más el producto de la fantasía de unos cuantos, que un asunto de trascendencia. Bien es cierto que en el hospital mismo todo el mundo hablaba de una ansiada pronta conclusión de la guerra, pero nadie imaginaba que esa conclusión habría de producirse de improviso. Yo estaba imposibilitado de leer periódicos.

En el mes de noviembre aumentó la efervescencia general.

Y un día la catástrofe irrumpió bruscamente. Los marinos llegaron en camiones, proclamando la revolución. Unos cuantos mozalbetes judíos, eran los cabecillas de esta lucha por la "libertad, la belleza y la dignidad" de la existencia de nuestro pueblo. ¡Ni uno solo de ellos había estado en la línea de fuego!

Mi salud había experimentado mejoría en la última temporada. El dolor punzante en las cavidades de los ojos fue desapareciendo y poco a poco puede volver a distinguir vagamente los contornos de los objetos. Me alentaba la confianza de recobrar la vista, pensando que por lo menos quedaría habilitado para ejercer alguna profesión. Naturalmente había perdido la esperanza de poder algún día volver a dibujar como en los años de mi juventud. Estaba, pues, en vías de restablecimiento cuando ocurrió aquello tan horrible.

El 10 de noviembre vino el Pastor del Hospital para dirigirnos algunas palabras; fue entonces cuando lo supimos todo. El venerable anciano parecía temblar intensamente al comunicarnos que la Casa de los Hohenzollern había dejado de llevar la corona imperial alemana y que el Reich se había erigido en "república". Pero cuando él siguió informándonos que nos habíamos visto obligados a dar término a la larga contienda, que nuestra patria, por haber perdido la guerra y estar ahora a la merced del vencedor, quedaba expuesta en el futuro a graves humillaciones; que el armisticio debía ser aceptado confiando en la generosidad de nuestros enemigos de antes, entonces no pude más. Mis ojos se nublaron y a tientas regresé a la sala de enfermos, donde me dejé caer sobre mi lecho, ocultando mi confundida cabeza entre las almohadas.

Desde el día en que me vi ante la tumba de mi madre, no había llorado jamás. Cuando en mi juventud el destino me golpeaba despiadadamente, mi espíritu se reconfortaba; cuando en los largos años de la guerra, la muerte arrebataba de mi lado a compañeros y camaradas queridos, habría parecido casi un pecado el sollozar ¡morían por Alemanía! Y cuando finalmente, en los últimos días de la terrible contienda, el gas deslizándose imperceptiblemente, comenzara a corroer mis ojos y yo, ante la horrible idea de perder para siempre la vista, estuviera a punto de desesperar –la voz de la conciencia clamó en mí: ¡Infeliz! ¿llorar mientras miles de camaradas sufren cien veces más que tú? Y mudo soporté mi destino. Pero ahora era diferente, porque ¡todo sufrimiento material desaparecía ante la desgracia de la patria!

Todo había sido, pues, inútil; en vano todos los sacrificios y todas las privaciones; inútiles los tormentos del hambre y de la sed, durante meses interminables; inútiles también todas aquellas horas en que, entre las garras de la muerte, cumplíamos, a pesar de todo, nuestro deber; infructuoso, en fin, el sacrificio de dos millones de vidas. ¿Acaso habían muerto para eso los soldados de agosto y septiembre de 1914 y luego seguido su ejemplo, en aquel mismo otoño, los bravos regimientos de jóvenes voluntarios? ¿Acaso para eso cayeron en la tierra de Flandes aquellos muchachos de 17 años? ¿Pudo haber sido la razón de ser del sacrificio ofrendado a la patria por las madres alemanas, cuando con el corazón sangrante despedían a sus más queridos hijos, para jamás volverlos a ver? ¿Debió suceder todo esto para que ahora un montón de miserables se apoderase de la patria?

Cuanto más me empeñaba, en aquella hora, por encontrar una explicación para el fenómeno operado, tanto más me ruborizaban la vergüenza y la indignación. ¿Qué significaba para mí todo el tormento físico en comparación de la tragedia nacional?

Los que siguieron fueron días de horrible incertidumbre y noches peores todavía –sabía que todo estaba perdido. Confiar en la generosidad del enemigo podía ser solamente cosa de locos o bien de embusteros o criminales. Durante aquellas vigilias germinó en mí el odio contra los promotores del desastre.

Guillermo II había sido el primero que, como emperador alemán, tendiera la mano conciliadora a los dirigentes del marxismo, sin darse cuenta de que los villanos no saben del honor. Mientras en su diestra tenían la mano del Emperador con la izquierda buscaban el puñal.

Con los judíos no caben compromisos; para tratar con ellos no hay sino un "sí" o un "no" rotundos.

¡Había decidido dedicarme a la política!

 


 

CAPÍTULO OCTAVO

La iniciación de mi actividad política

A fines de noviembre de 1918 me trasladé a Munich para incorporarme de nuevo al batallón de reserva de mi regimiento, que ahora estaba sometido al "Consejo de soldados". Allí el ambiente me fue tan repugnante que opté por retirarme cuanto antes. En compañía de un leal camarada de guerra, Schmiedt Ernst, fui a Trauenstein y permanecí allí hasta la disolución del campamento.

En marzo de 1919 volvimos a Munich.

La situación en esta ciudad se había hecho insostenible y tendía irresistiblemente a la prosecución del movimiento revolucionario. La muerte de Eisner precipitó los acontecimientos y acabó por establecerse una pasajera dictadura soviética, mejor dicho una hegemonía judaica, tal como la habían soñado, en sus orígenes, los promotores de la revolución

Durante esta época infinidad de planes pasaron por mi mente.

En el curso de la nueva dictadura muy pronto mi actuación me valió la mala voluntad del Consejo Central. En efecto, en la mañana del 27 de abril de 1919 debí ser apresado, pero los tres sujetos encargados de cumplir la orden no tuvieron suficiente valor ante mi carabina preparada, y se marcharon como habían venido.

Pocos días después de la liberación de Munich fui destinado a la comisión investigadora de los sucesos revolucionarios del regimiento 2 de infantería.

Esta fue mi primera actuación de carácter más o menos político.

Algunas semanas más tarde, recibí la orden de tomar parte en un curso para los componentes de la institución armada. En este curso el soldado debía adquirir ciertos fundamentos inherentes a la concepción ciudadana. Para mí tuvo esta organización la importancia de brindarme la oportunidad de conocer a algunos camaradas que pensaban como yo y con los cuales pude cambiar detenidamente ideas sobre la situación reinante. Todos sin excepción participábamos del firme convencimiento de que no serían los partidos del crimen novembrino, es decir, el partido del Centro y el socialdemócrata los que salvarían a Alemania de la ruina inminente; por otra parte sabíamos también que las llamadas asociaciones "burgo-nacionales" jamás serían capaces de reparar, aún animadas de la mejor voluntad, lo ya sucedido.

De ahí que en nuestro pequeño círculo surgiese la idea de formar un nuevo partido. Los principios que entonces nos inspiraron fueron los mismos que más tarde iban a aplicarse prácticamente en la organización del "Partido Obrero Alemán". El nombre del movimiento que se iba a crear debía ofrecer desde un principio la posibilidad de acercamiento a la gran masa, pues faltando esta condición, toda labor resultaría infructuosa y sin objeto. Así es como nos vino a la mente el nombre de "partido social-revolucionario" y esto porque las tendencias de la nueva organización significaban realmente una revolución social.

La causa fundamental radicaba sin embargo en lo siguiente:

Si bien ya en otros tiempos me había ocupado del estudio de problemas económicos, mi interés por estos quedó circunscrito sólo a los límites que corresponden al análisis de la cuestión social en sí. Poco después se amplió este marco gracias al examen que hice de la política aliancista del Reich que, en buena parte, era el resultado de una errónea apreciación de la económica nacional, así como de la falta de un cálculo claro sobre las posibles condiciones básicas de la subsistencia del pueblo alemán en el futuro. Todas estas ideas descansaban sobre el criterio de que en todo caso el capital no era más que el resultado del trabajo y que por eso éste se hallaba sometido, como el trabajo mismo, a las fluctuaciones de todos aquellos factores que fomentan o dificultan la actividad humana. Pensábase que justamente en esto estribaba la importancia nacional del capital el cual, a su vez, dependía tan enteramente de la grandeza, de la autonomía y del poder del Estado, es decir, de la nación, que esa sola subordinación del capital a un Estado soberano y libre, obligaría al capital a actuar por su parte a favor de esa soberanía, poder, capacidad, etc., de la nación.

Bajo estas condiciones era relativamente sencilla y fácil la misión del Estado con respecto al capital: se debía cuidar únicamente de que éste se mantuviera al servicio del Estado y no pretendiese convertirse en el amo de la nación. Este modo de pensar podía circunscribirse entre dos límites; por una parte fomentar una economía nacional, vital y autónoma y por otra garantizar los derechos sociales del obrero.

Al principio no había podido yo distinguir con la claridad deseada la diferencia existente entre el capital propiamente dicho, resultado del trabajo productivo, y aquel capital cuya existencia y naturaleza descansan exclusivamente en la especulación. Me hacía falta, pues, una sugestión inicial que aún no había llegado hasta mí.

Esta sugestión la recibí al fin y muy amplia, gracias a uno de los varios conferenciantes que actuaron en el ya mencionado curso del regimiento 2 de infantería: Gottfried Feder.

Después de escuchar la primera conferencia de Feder, quedé convencido de haber encontrado la clave de una de las premisas esenciales para la fundación de un nuevo partido.

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En mi concepto, el mérito de Feder consistía en haber sabido precisar rotundamente el carácter tanto especulativo como económico del capital bancario y el de la Bolsa, y de haber, a su vez puesto en descubierto la eterna condición de su razón de ser: el interés porcentual. Las exposiciones de Feder eran tan ajustadas a la verdad en los problemas fundamentales, que sus críticos impugnaban menos la exactitud teórica de la idea, que la posibilidad de su aplicación teórica.

No es tarea del teorizante establecer el grado posible de realización de una idea, sino saber exponer esta misma idea; es decir que el teorizante tiene que preocuparse menos del camino a seguir que de la finalidad perseguida. Lo decisivo es, pues, la exactitud de una idea en principio y no la dificultad que ofrezca su realización. El teorizante de un movimiento ideológico puntualiza la finalidad de éste; el político aspira a realizarla. El primero se subordina en su modo de pensar a la verdad eterna, en tanto que el segundo somete su manera de obrar a la realidad práctica. En la primera conferencia de Gottfried Feder sobre la "abolición de la esclavitud del interés" me di cuenta inmediatamente de que se trataba de una verdad teórica de trascendental importancia para el futuro del pueblo alemán. La separación radical entre el capital bursátil y la economía nacional, ofrecía la posibilidad de oponerse a la internacionalización de la economía alemana, sin comprometer al mismo tiempo, en la lucha contra el capital, la base de una autónoma conservación nacional. Yo presentía demasiado claro el desarrollo de Alemania, para no saber que la lucha más intensa no debía ya dirigirse contra los pueblos enemigos, sino contra el capital internacional. En las palabras de Feder descubrí un lema grandioso para esa lucha del porvenir. El curso de acontecimientos ulteriores debió encargarse de probarnos cuán cierta fue nuestra previsión de aquel tiempo. Los iluminados entre nuestros políticos burgueses ya han dejado de burlarse de nosotros; ellos mismos ven hoy –siempre que no se trate de deliberados falseadores de la verdad- que el capitalismo internacional de la Bolsa no sólo fue el mayor instigador de la guerra, sino que también ahora, en la post-guerra, no cesa en su empeño de hacer de la paz un infierno.

Para mí y para todos los verdaderos nacionalsocialistas no existe más que una doctrina: la de nacionalidad y patria.

El objetivo por el cual tenemos que luchar es el de asegurar la existencia y el incremento de nuestra raza y de nuestro pueblo; el sustento de sus hijos y la conservación de la pureza de su sangre; la libertad y la independencia de la patria, para que nuestro pueblo pueda llegar a cumplir la misión que el Supremo Creador le tiene reservada.

Nuevamente comencé a asimilar conocimientos y llegué a penetrar el contenido de la obra del judío Karl Marx en el curso de su vida. Su libro "El Capital" empezó a hacérseme comprensible y asimismo, la lucha de la socialdemocracia contra la economía nacional, lucha que no persigue otro objetivo que preparar el terreno para la hegemonía del capitalismo internacional.

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Aún en otro sentido fueron estos cursos de gran trascendencia para mí.

Cierto día tomé parte en la discusión, refutando a uno de los concurrentes que se creyó obligado a argumentar largamente a favor de los judíos. La gran mayoría de los miembros presentes del curso aprobó mi punto de vista. El resultado fue que días después se me destinó a un regimiento de guarnición de Munich con el carácter de "oficial instructor".

La disciplina de la tropa en aquel tiempo dejaba aún mucho que desear. Se dejaban sentir todavía las consecuencias de la época de desmoralización del "Consejo de soldados". Sólo paulatina y cuidadosamente se podía volver a inculcar disciplina militar y subordinación, en lugar de "voluntaria" obediencia –como graciosamente se solía llamar en la época de pocilga de Kurt Eisner, La tropa debía aprender a pensar y sentir nacional y patrióticamente. Tal era la orientación en mi nuevo campo de actividad. Comencé mi labor con entusiasmo y cariño.

Y tuve éxito: en el curso de mis conferencias, pude volver a inducir por el camino de su pueblo y de su patria, a muchos cientos, quizá miles de camaradas. "Nacionalicé" la tropa y así me fue dado consolidar en general el espíritu de disciplina. También aquí tuve un grupo de camaradas adictos a mis ideas que más tarde debieron ayudarme a cimentar las bases del nuevo movimiento.

 


 

CAPÍTULO NOVENO

El partido obrero alemán

Cierto día recibí de mi superior la orden de investigar la realidad del funcionamiento de una organización de apariencia política que, bajo el nombre de "Partido Obrero Alemán", tenía el propósito de celebrar una asamblea en aquellos días inmediatos y en la cual iba a hablar Gottfried Feder. Se me dijo que yo debía constituirme allí, para después dar un informe acerca de aquella organización.

Más que explicable era la curiosidad que en el ejército se sentía entonces por todo lo relacionado con los partidos políticos. La revolución le había concedido al soldado el derecho a actuar en política, derecho del cual se servían en mayor escala precisamente los menos expertos. Tan pronto como el partido del Centro y la Socialdemocracia llegaron a darse cuenta, con profundo pesar suyo por cierto, de que las simpatías del soldado, alejándose de los partidos revolucionarios, comenzaban a inclinarse hacia el movimiento de restauración nacional, surgió para ellos la conveniencia de abrogar ese derecho y prohibirle a la tropa toda actividad política.

La burguesía, realmente afectada de debilidad senil, creía en serio que el ejército volvería a ser lo que fue, esto es, un baluarte de la capacidad defensiva alemana, en tanto que el partido del Centro y el marxismo pensaban que era preciso romper al ejército el peligroso diente del "veneno nacional". Empero, un ejército falto de espíritu nacional, queda eternamente reducido a la condición de una fuerza de policía que no representa una tropa capaz de enfrentarse con el enemigo.

Me decidí pues a visitar la ya mencionada asamblea del "Partido Obrero Alemán", que hasta entonces me era totalmente desconocido.

Cuando Feder concluyó su conferencia en la asamblea, yo ya había observado bastante y me disponía a marcharme, pero en esto me indujo a quedarme el anuncio de que habría tribuna libre. Al principio la discusión parecía sin importancia, hasta que de pronto un "profesor" tomó la palabra para criticar los fundamentos de la tesis de Feder, acabando –después de una enérgica réplica de Feder- por situarse en el "terreno de las realidades" y recomendar encarecidamente al nuevo partido, como punto capital de su programa, la lucha de Baviera para su "separación" de Prusia. Con desvergonzado aplomo afirmaba aquel hombre que en tales circunstancias la parte germana de Austria se adheriría inmediatamente a Baviera; que las condiciones de paz impuestas por los Aliados serían mejores y otros absurdos más. No pude por menos de tomar también la palabra para dejarle oír al "sesudo" profesor mi opinión sobre este punto, con el resultado de que antes de que yo concluyese de hablar, mi interlocutor abandonó el local como perro escaldado que huye del agua fría.

No había aún transcurrido una semana cuando con gran sorpresa mía, recibí una tarjeta en que se me anunciaba haber sido admitido en el partido obrero alemán y que para dar mi respuesta se me instaba a concurrir el miércoles próximo a una reunión del comité del partido.

Ciertamente me sentí bastante asombrado de ese procedimiento de "ganar" prosélitos y no supe si tal cosa debía causarme enfado o provocarme hilaridad. Jamás se me había ocurrido incorporarme a un partido ya formado, puesto que yo mismo anhelaba fundar uno propio.

Estuve a punto de comunicarles por escrito mi negativa, pero triunfó en mí la curiosidad y así me decidí a presentarme el día indicado para exponer personalmente mis razones.

Y llegó el miércoles. El local donde debía realizarse la anunciada reunión era el paupérrimo restaurante "Das Alte Rosenbad", situado en la Herrnstrasse. Bajo la media luz que proyectaba una vieja lámpara de gas se hallaban sentados en torno a una mesa cuatro hombres jóvenes. Quedé sorprendidos cuando se me informó de que el "presidente del partido para todo el Reich" vendría en seguida y que por este motivo se me insinuaba retardar mi exposición. Al fin llegó el esperado presidente; era el mismo que presidió la asamblea en ocasión de la conferencia de Feder.

Entretanto mi curiosidad había vuelto a subir de punto y esperaba impaciente el desenvolvimiento de la reunión. Previamente me fueron dados a conocer los nombres de los concurrentes; el presidente de la "organización del Reich" era un señor Harrer, el de la organización local de Munich, Antón Drexler. Luego se procedió a la lectura del protocolo de la última sesión y se le ratificó la confianza al secretario. Después pasóse a discutir la aceptación de nuevos miembros, es decir, que debía deliberarse sobre el caso de la "pesca" de mi persona. Comencé por orientarme sobre los detalles de la organización del partido, pero fuera de la enumeración de algunos postulados no había nada: ningún programa, ni un volante de propaganda, en fin, nada impreso; carecíase de tarjetas de identificación para los miembros del partido y por último hasta de un pobre sello. En realidad, sólo se contaba con fe y buena voluntad. Desde aquel momento desapareció para mí todo motivo de hilaridad y tomé la cosa en serio.

Lo que aquellos hombres sentían lo sentía también yo: era el ansia hacia un nuevo movimiento que fuese algo más de lo que era un partido tal como entonces indicaba, en el sentido corriente esta palabra. Me hallaba seguramente frente a la más grave cuestión de mi vida: decarar mi adhesión o resolverme por la negativa.

Aquella risible institución, con sus contados socios, me parecía tener por los menos la ventaja de no estar petrificada como cualquier otra "organización" y de ofrecerle al individuo la posibilidad de desenvolver una actividad personal efectiva. Aquí se podía laborar y comprendí que cuanto más pequeño era el movimiento tanto más fácil resultaba encaminarlo bien. Además, en este círculo se podía precisar el carácter, la finalidad y el método, cosa en principio, impracticable tratándose de los partidos grandes.

Juntamente con mis reflexiones creció en mí la convicción de que podía precisamente de un pequeño movimiento como aquél podía surgir un día la obra de la restauración nacional –pero jamás de los partidos parlamentarios, aferrados a viejas concepciones o de los otros que participaban de las granjerías del nuevo régimen de gobierno. Porque lo que aquí debía proclamarse era una nueva ideología y no un nuevo lema electoral.

Me hice pues miembro del Partido Obrero Alemán y obtuve un carnet provisional marcado con el número 7.

 


 

CAPÍTULO DECIMO

Las causas del desastre

La fundación del Reich [1] pareció aureolada por la grandiosidad de un acontecimiento que exaltó a la nación entera. Después de una seria incomparable de victorias y como premio al heroísmo inmortal surgió al fin –para los hijos y los nietos- la realidad de un Reich.

¡Que apogeo comenzó entonces!

La independencia exterior aseguraba el pan cotidiano en el interior. La nación había alcanzado ingentes bienes materiales y la dignidad del Estado y con él, la del pueblo todo, se hallaba resguardada y garantizada por un ejército.

Tan profunda es ahora la caída que afecta al Reich y al pueblo alemán [2], que todo el mundo –como dominado por el vértigo, da en el primer momento la impresión de haber perdido los sentidos y el entendimiento. Apenas si es posible rememorar lo que fue el alto nivel de antes, tan brumosos de ensueño y casi irreales parecen ahora la grandeza y el esplendor de aquellos tiempos, comparados con la miseria de hoy.

Sólo así se explica también que, cegados por lo que fue aquel apogeo, se hubiesen olvidado de buscar los síntomas del formidable desastre que ya antes debieron haber existido latentes en alguna forma.

Es indudable que esos síntomas existieron realmente. Sin embargo, muy pocos trataron de deducir una cierta enseñanza de ese estado de cosas.

Por cierto que suele verse y descubrirse más fácilmente el síntoma externo de una enfermedad que la causa interna de la misma. De ahí que aún hoy la mayoría de nosotros vea principalmente la causa del desastre alemán en la crisis económica general y sus consecuencias que afectan personalmente a casi todos; razón ésta de peso para que cada uno se haga idea de la magnitud de la catástrofe. La gran masa sabe aquilatar todavía mucho menos la trascendencia político-cultural y moral del desastre. Y aquí es donde para muchos se anulan por completo la sensibilidad y la razón.

Que esto ocurra en la gran masa es al fin comprensible, pero que también los círculos intelectuales consideren el desastre alemán primordialmente como una "catástrofe económica" y que, en consecuencia, esperen de la economía el saneamiento nacional, es una de las causas que ha impedido hasta el presente la realidad de un resurgimiento. Sólo cuando se llegue a comprender que, también en este caso, a la economía le corresponde únicamente un papel secundario, en tanto que factores políticos y de orden moral y racial tienen que considerarse como primordiales, podrá penetrarse el origen de la calamidad actual y con ello encontrar los medios y la orientación conducentes al saneamiento de la nación.

La explicación más sencilla y por lo mismo la mayormente difundida consiste en afirmar que la guerra perdida constituye la razón de toda la desgracia reinante.

Frente a esta aseveración se debe establecer lo siguiente:

Si bien es cierto que el haber perdido la guerra fue de terrible trascendencia para el futuro de nuestra patria, ese hecho por sí solo no es una causa, sin a su vez la consecuencia de una serie de causas.

Que el desgraciado fin de esa lucha sangrienta debió conducir a resultados desastrosos, era cosa perfectamente clara para todo espíritu perspicaz y exento de malevolencia. Lamentablemente hubieron hombres a quienes pareció faltarles esa perspicacia en el momento dado y otros que, contrariando su propia convicción, pusieron esta verdad en duda y la negaron. Estos últimos fueron en su mayoría aquellos que al ver cumplido su secreto anhelo debieron darse cuenta bruscamente de que ellos mismos habían contribuido a aquello que en aquel momento era la catástrofe. Ellos pues y no la perdida guerra son los culpables del desastre. En efecto, el haber perdido la guerra no fue más que el resultado de los manejos de aquellas gentes y no, como quieren afirmar ahora, la consecuencia de un comando "deficiente". Tampoco el ejército enemigo estaba compuesto de cobardes; el adversario sabía también morir heroicamente. En número, fue superior al ejército alemán desde el primer día de la guerra y para su pertrechamiento técnico, tenía a su disposición los arsenales del orbe entero. Por consiguiente, es innegable el hecho de que las victorias alemanas obtenidas en el curso de cuatro años de lucha contra todo un mundo, se debieron, aparte del espíritu heroico y de la portentosa organización del ejército alemán, exclusivamente a la probada capacidad de los jefes directores. Lo formidable de la organización y del comando del ejército alemán no tiene precedentes en la Historia.

El que este ejército sufriera un desastre no fue la causa de nuestra actual desgracia.

¿O es que las guerras perdidas deben ocasionar fatalmente la ruina de los pueblos que las pierden?

Brevemente se podría responder que esto es posible siempre que la derrota militar testifique la corrupción moral de un pueblo, su cobardía, su falta de carácter, en fin, su condición de indignidad. No siendo así, la derrota militar impulsará más bien a un futuro de mayor resurgimiento, en lugar de ser la lápida de la existencia nacional.

Numerosos son los ejemplos que la Historia ofrece confirmando la verdad de este aserto.

La derrota militar del pueblo alemán no fue sensiblemente una catástrofe inmerecida, sino la realidad de un castigo justificado por la ley de la eterna compensación. ¿Acaso no se hicieron en muchos círculos, en forma desvergonzada, manifestaciones de regocijo por la desgracia de la patria? ¿Y no es cierto también que hubo gente que hasta se preció de haber logrado que el ejército combatiente se doblegase? Para colmo de todo, hubo quien llegó a atribuirse a sí mismo la culpabilidad de la guerra, contrariando su propia convicción y su mejor conocimiento de causa.

¡No, rotundamente no! La manera cómo el pueblo alemán recibió su derrota, permite juzgar muy claramente que la verdadera causa de nuestro desastre radicaba en otro estado de cosas y no en la pérdida netamente militar de algunas posiciones o el fracaso de una ofensiva; porque si realmente el ejército combatiente hubiese cedido y hubiese ocasionado con esto la desgracia de la patria, el pueblo alemán habría recibido la derrota de modo muy diferente. Entonces el infortunio que vino lo habríamos soportado apretando los dientes, o bien quejándonos dominados por el dolor. El furor y cólera habrían llenado los corazones contra el adversario convertido en vencedor por el azar de la suerte o por la voluntad del Destino. En tales circunstancias no se habría reído ni bailado; nadie se habría atrevido a ponderar la cobardía ni a glorificar la derrota; nadie se habría mofado de las tropas combatientes ni deshonrado sus banderas y cocardas.

El desastre militar no fue en realidad otra cosa que el resultado de una serie de síntomas morbosos que ya en los tiempos de la anteguerra afligieron a la nación alemana. Esta fue la primera consecuencia catastrófica, visible para todos, de un envenenamiento moral y de un menoscabo del instinto de la propia conservación y de las condiciones inherentes a ella. Todo esto había comenzado a minar, ya desde años atrás, los fundamentos de la Nación y del Reich.

Fue necesaria toda la increíble ficción del judaísmo y de su organización de lucha marxista, para tratar de hacer pesar la culpabilidad de la derrota justamente sobre el hombre que con energía y voluntad sobrehumanas se empeñara en contener la catástrofe, que ya él viera venir, a fin de ahorrarle a la Patria horas de humillación y de vergüenza. Al señalar a Ludendorff como responsable de la pérdida de la guerra, se arrebató el arma del derecho moral de manos del único acusador peligroso que hubiera podido erguirse contra los traidores a la patria.

Casi es posible considerar como designio favorable para el pueblo alemán el que la época de su estado patológico latente hubiese sido bruscamente sellada con una tan terrible catástrofe; pues, en el caso contrario, la nación habría sucumbido, sin duda, lenta, pero, por lo mismo, más fatalmente. La dolencia se hubiese hecho crónica, mientras que un estado agudo como se presentó al producirse el desastre, hízose por lo menos claramente visible a los ojos de muchos. No fue por casualidad por lo que el hombre dominó más fácilmente la peste que la tuberculosis. La una viene en olas violentas de muerte, arrasando la humanidad; la otra en cambio se desliza lentamente; una induce al terror, la otra a una creciente indiferencia. Consecuencia lógica fue que el hombre afronte la primera con todo el máximo de sus energías, en tanto que se empeña en combatir la tuberculosis valiéndose solamente de medios débiles. Así el hombre doblegó a la peste, mientras que la tuberculosis lo domina a él. El fenómeno es el mismo al tratarse de enfermedades que afectar al organismo de un pueblo.

Verdad es que en los largos años de paz anteriores a la guerra se revelaron ciertas anomalías. Habían muchos síntomas de decadencia que debieron incitar a serias reflexiones.

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* *

A causa del extraordinario crecimiento de la población alemana antes de la guerra, el problema de la subsistencia se hizo cada vez más grave, ocupando el primer plano de toda orientación y de toda actividad política y económica. Desgraciadamente no fue posible decidirse por la única solución eficaz que existía sino que creyóse alcanzar la finalidad anhelada por medios más sencillos. El haber renunciado a la idea de adquirir nuevos territorios y optado por la descabellada idea de conquistar económicamente el mundo, debió conducir, a la postre, a un grado de industrialización desmedido y perjudicial.

La primera consecuencia de significación trascendental provocada por este estado de cosas fue el debilitamiento de la clase agricultora. En la misma proporción que se reducía aquella clase del pueblo, aumentaba la masa del proletariado en las ciudades, hasta quedar roto el equilibrio.

Consiguientemente, púsose también en evidencia el brusco contraste entre el pobre y el rico. La ostentación y la miseria vivían tan cerca una de otra, que las consecuencias fueron y debieron ser lógicamente muy funestas. La pobreza y el paro creciente comenzaron su siniestro juego, sembrando el descontento y la exacerbación entre las gentes. El resultado parecía ser la división política de clases y, pese al apogeo económico, de día en día fue mayor y más profundo el decaimiento moral.

Pero más grave que todo esto eran otros efectos que la preponderancia económica de la nación había traído consigo.

En razón directa al hecho de que la economía había llegado a convertirse en el árbitro del Estado, el factor dinero era el dios a quien todo el mundo tenía que servir doblegándose. Había empezado una terrible desmoralización, terrible porque precisamente se presentó en una época en la cual la nación necesitaba más que nunca de un espíritu heroico para afrontar la hora crítica que parecía avecinarse. Alemania debía estar dispuesta a defender un día con la espada, la tentativa que hacía de asegurar a su pueblo el pan cotidiano por medio de una "pacífica actividad económica".

La hegemonía del dinero estaba sensiblemente sancionada por aquella autoridad que era la más llamada a oponerse a ello: S.M. el Kaiser actuó infortunadamente al inducir en especial a la nobleza a que formase parte del círculo de los nuevos capitalistas. Ciertamente que en disculpa suya debe reconocerse que lamentablemente Bismarck mismo no se percató del peligro que existía en ese sentido. Pero era un hecho que, con esto, el espíritu idealista fue prácticamente supeditado al poder del dinero y era claro también que las cosas una vez así encaminadas deberían en poco tiempo anteponer la nobleza de la finanza a la nobleza de la sangre.

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La internacionalización de la economía alemana había sido iniciada ya antes de la guerra mediante el sistema de las sociedades por acciones. Menos mal que una parte de la industria alemana trató a todo trance de librarse de correr igual suerte; pero al fin tuvo que ceder también ante el ataque concentrado del capitalismo avariento que contaba con la ayuda de su más fiel asociado: el movimiento marxista.

La persistente guerra que se hacía a la industria siderúrgica de Alemania marcó el comienzo real de la internacionalización de la economía alemana tan anhelada por el marxismo que pudo colmarse con el triunfo marxista en la revolución de noviembre de 1918. Justamente ahora que escribo estas páginas, es también cosa lograda el ataque general dirigido contra la empresa de los Ferrocarriles del Reich que pasa a manos de la finanza internacional. Con esto ha alcanzado la socialdemocracia "internacional" otro de sus importantes objetivos.

El extremo a que había llegado esa "economización" de la nación alemana, lo evidencia a todas luces el hecho de que pasada la guerra, uno de los dirigentes más caracterizados de la industria y del comercio alemanes declaró que únicamente la economía como tal, sería capaz de restablecer la posición de Alemania. Esta opinión emitida ante todo el mundo por un Stinnes ocasionó la más increíble confusión, porque con asombrosa rapidez fue tomada como lema por todos los improvisados y charlatanes "hombres de Estado" que el destino había lanzado sobre Alemania desde el estallido de la revolución.

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La educación alemana de la ante-guerra adolecía de muchos defectos. Tenía una orientación particularista concretada al aprendizaje puramente "teórico", dándole una importancia menor a la "práctica". Aún menos valor se le adjudicaba a la formación del carácter del individuo y mucho menos todavía a la tarea de fomentar el sentimiento de la satisfacción en la responsabilidad; finalmente, era nula la importancia dada a la educación de la voluntad y del espíritu de decisión. Los frutos de este sistema educacional no representaban realmente mentalidades fuertes, sino más bien dóciles "eruditos", como por lo general se nos consideraba a los alemanes antes de la guerra juzgándosenos según ese criterio. Al alemán se le quería porque era elemento utilizable, en cambio se le respetaba poco, debido justamente a que no poseía la suficiente entereza de carácter. No sin razón perdió, pues, el alemán, más fácilmente que cualquier súbdito de otros pueblos su nacionalidad y su patria. ¿No lo dice todo el gracioso proverbio alemán "En la mano el sombrero, se pasa por el mundo entero"?

Precisamente nefasta resultó esa docilidad al determinar también la forma única bajo la cual podía uno presentarse ante el monarca. Esa forma exigía: no contradecir jamás, sino convenir con todo lo que S.M. se dignase manifestar. Aquí es donde justamente debía revelarse la dignidad del hombre libre, pues de lo contrario la institución monárquica encontraría un día su tumba en ese servilismo. Todos los hombres rectos –y estos son sin duda los más valiosos del Estado- debieron sentir repulsión frente a un criterio tan absurdo. Porque para ellos la Historia es la historia y la Verdad es la verdad, aunque se trate de monarcas.

Es tan rara para los pueblos la suerte de reunir en una misma persona a un gran monarca y a un gran hombre, que deben darse por satisfechos cuando el destino inexorable les evita por lo menos lo peor. De esto se infiere que el valor y la significación de la idea monárquica no radican en la persona del monarca mismo, salvo en el caso de que la Providencia quiera coronar a un héroe genial como Federico el Grande o a un espíritu sabio como Guillermo I. Esto sucede una vez cada siglo y escasamente con mayor frecuencia. Por lo demás, la idea respalda a la persona, haciendo descansar la razón de ser de esa forma de gobierno en la institución misma. Pero con ello, el propio monarca queda incluido en el círculo de los servidores del Estado y no es más que una rueda en ese mecanismo al que también él está subordinado.

Otra de las consecuencias de nuestra errada educación de la anteguerra fue el temor a la responsabilidad y la consiguiente falta de entereza para abordar problemas vitales. Bien es verdad que el punto de partida de este defecto radica entre nosotros, en gran parte, en la institución parlamentaria.

En los círculos periodísticos se suele llamar a la Prensa el "gran poder" en el Estado. Evidentemente su significación es extraordinaria y jamás podrá ser bastante apreciada. Es, pues, la prensa, el factor que continúa obrando en el proceso educativo del adulto. En términos generales, tres son los grupos en que se podría dividir el público lector de periódicos.

1º Los crédulos que admiten todo lo que leen.

2º Aquéllos que ya no creen en nada.

3º Los espíritus críticos, que analizan lo leído y saben juzgar.

Numéricamente, el primer grupo es el más considerable; abarca la gran masa del pueblo y representa, por lo tanto, la clase menos intelectual de la nación. Pertenecen también a este grupo esa especie de haraganes que serían capaces de pensar pero que por pura negligencia aceptan todo lo que ya han elaborado los demás.

El segundo es numéricamente mucho más pequeño que el anterior; está compuesto en parte de elementos que, en un principio, participaban del primer grupo y que después de funestas y amargas decepciones, optaron por cambiar diametralmente de criterio, acabando por no creer en nada de lo que leyesen. Estas gentes son muy difíciles de tratar, porque hasta frente a la verdad misma, se mostrarán siempre escépticas, resultando así elementos anulados para todo trabajo positivo.

El tercer grupo, finalmente, es el más pequeño de todos y está constituido por lectores verdaderamente inteligentes, acostumbrados a pensar con independencia por naturaleza y educación. Leen la prensa trabajando constantemente con la imaginación y animados de espíritu crítico con respecto al autor. Estos lectores gozan del aprecio de los periodistas, bien es cierto, con explicable reserva.

Naturalmente que para los componentes de este último grupo no entraña peligro alguno ni tienen trascendencia los absurdos que pueden consignarse en las columnas de un periódico. Hoy, que la cédula electoral de la masa decide situaciones, el centro de gravedad descansa precisamente en el grupo más numeroso, y éste es el primero: un hato de ingenuos y de crédulos.

Una de las tareas primordiales del Estado y de la nación es evitar que este sector del pueblo caiga bajo la influencia de pésimos educadores, ignorantes o incluso mal intencionados. El Estado tiene por lo tanto la obligación de controlar su educación y oponerse al abuso. La prensa, ante todo, debe ser objeto de una estricta vigilancia, porque la influencia que ejerce sobre esas gentes es la más eficaz y penetrante de todas, ya que no obra transitoriamente, sino en forma permanente. En lo sistemático y en la eterna repetición de su prédica estriba el secreto de la enorme importancia que tiene. Jamás debe el Estado dejarse sugestionar por la cháchara de la llamada "libertad de prensa". Rigurosamente y sin contemplaciones el Estado tiene que asegurarse de este poderoso medio de la educación popular y ponerlo al servicio de la nación.

¿Y cuáles eran las primicias que ofrecía a sus lectores la prensa alemana de la anteguerra? ¿No era aquel acaso el peor veneno que uno pueda imaginarse?¿Se recuerda aún, cuan exagerado fue el pacifismo que se inyectó en el corazón de nuestro pueblo, precisamente en una época en que el resto del mundo se preparaba ya lenta, pero decididamente a estrangular a Alemania?¿No se ridiculizaba la moral y las costumbres, tachándolas de anticuadas, hasta lograr que nuestro pueblo se "modernizara" también?¿No fue la prensa la que en constante agresión, minaba los fundamentos de la autoridad estatal hasta el punto de que bastó un simple golpe para derrumbarlo todo? Finalmente, ¿no fue esa misma prensa la que desacreditó al ejército mediante una crítica sistemática, saboteando el servicio militar obligatorio e instigando a negar créditos para el ramo de guerra, etc?

La labor de la llamada prensa liberal fue obra de los sepultureros de la nación alemana y del Reich. Nada diremos de las gacetas marxistas consagradas a la mentira; para ellas la falsedad es una necesidad vital, como para el gato los ratones. Su misión se concreta a dislocar el poder racial y nacional del pueblo, para prepararlo a llevar el yugo de la esclavitud del capitalismo internacional y de sus gerentes, los judíos.

Pero, ¿qué hizo el Estado ante semejante envenenamiento colectivo de la nación? Nada, absolutamente nada. Unos ridículos decretos y algunas penas impuestas por infamias en extremo violentas. ¡He ahí todo!

La lucha de represión de los gobiernos alemanes de entonces contra aquella prensa –en su mayor parte de origen judío- que corrompía paulatinamente al pueblo, no respondía a una línea recta de conducta ni estaba respaldada por la entereza necesaria, aparte de que, sobre todo, carecía de una finalidad precisa. Se obraba sin plan ninguno, apresando a veces, durante semanas e incluso meses tan sólo alguna "víbora" periodística que había mordido ya demasiado; pero el nido mismo de los reptiles permanecía intacto.

El judío era sin embargo demasiado perspicaz para permitir que toda su prensa agrediese simultáneamente. Una parte de ella debía respaldar a la otra. En efecto, mientras los periódicos judío-marxistas se lanzaban groseramente contra todo lo que podía ser sagrado para el hombre y combatían del modo más infame al Estado y al Gobierno, instigando, en los grandes sectores del pueblo, a unos contra otros, las gacetas judías burgo-demócratas sabían cubrir la apariencia de una famosa objetividad. Esa prensa cuidaba de no emplear expresiones crudas o frases destempladas; rechazaba toda acción de violencia, apelando siempre a la lucha con armas "espirituales", una lucha que, por sarcasmo, eran justamente los menos "espirituales" los que la proclamaban.

Pero, precisamente para nuestra medianía intelectual escribe el judío su llamada "prensa de la inteligencia". Periódicos como la "Frankfurter Zeitung" y el "Berliner Tageblatt" están destinados a ese público lector; su tono se halla convenientemente regulado para ese público y sobre él ejercen su influencia. Con frases sonoras y giros pomposos saben adormecer a sus lectores ie imbuirles la creencia de que su labor de prensa es realmente de índole científica o hasta si se quiere en servicio de la moral. De este modo pudo el veneno infiltrarse insensiblemente en la sangre de nuestro pueblo y obrar sin que el Estado hubiese sido capaz de dominar el mal. Las irrisorias medidas de represión adoptadas, no hicieron otra cosa que dejar traslucir la inminente decadencia del Imperio. No hay que olvidar que una institución que ya no tiene la decisión firme de defender por todos los medios su estabilidad, ha claudicado prácticamente.

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* *

Un ejemplo más, que pone de relieve la insuficiencia y la debilidad que caracterizaron el Gobierno alemán de la anteguerra, al tratarse de problemas vitales de la nación, es que paralelamente a la infección que sufría el pueblo, en un sentido político y moral, lo minaba desde años atrás una no menos siniestra corriente de envenenamiento orgánico.

La sífilis comenzó a propagarse en gran escala, especialmente en las ciudades populosas, mientras que la tuberculosis, por su parte, hacia su cosecha mortal en todo el país. A pesar de que en ambos casos las consecuencias eran graves para la nación, no se adoptaron medidas radicales. En particular, frente al peligro de la sífilis, la actitud del gobierno y del parlamento no puede calificarse sino como una completa capitulación. También en este caso sólo podía ser eficaz la lucha contra las causas generadoras de la enfermedad y la simple acción contra sus manifestaciones.

La causa principal de la propagación de la sífilis hay que buscarla en la prostitución del amor, cuyos resultados, aunque no condujesen a ese terrible flagelo, entrañarán siempre un grave peligro para la nación, puesto que bastan sus estragos morales para encauzar paulatina, pero irremediablemente a un pueblo hacia la ruina. Es innegable el hecho de que la población de nuestras grandes ciudades está prostituyendo más y más su vida sexual y entregándose así a la sífilis en proporción cada vez mayor. Los resultados más claramente notorios de esta infección colectiva, pueden encontrarse, por un lado, en los manicomios y por el otro, desgraciadamente –en la infancia.La disculpa, de que tampoco otros países se hallen en mejores condiciones, mal podía modificar el hecho de la propia decadencia. Y en este caso precisamente es donde cabe preguntar: ¿Qué país será el primero, y tal vez el único, que llegue a dominar el peligro, y qué naciones en cambio serán sus victimas fatales? Tampoco este problema significa otra cosa que la piedra de toque del valor de la raza, y como el problema atañe en primer término a la descendencia, está incluido entre aquellas verdades según las cuales se dice con terrible razón que los pecados de los padres se vengan hasta la décima generación. Una verdad que se refiere exclusivamente a los crímenes contra la sangre y contra la raza.Los pecados contra la sangre y la raza constituyen el pecado original de este mundo y el ocaso de una humanidad vencida.Deplorable en extremo era la situación de la Alemania de la anteguerra frente a la gravedad de este problema. ¿Qué se hizo para contener la infección de nuestra juventud en las grandes ciudades? ¿Qué se hizo para contrarrestar eficazmente la prostitución y la corrupción de la vida sexual? ¿ Y qué se hizo, en fin, ante la creciente propagación sifilítica en el pueblo, resultante de ese estado de cosas?La respuesta fluye fácil con sólo puntualizar lo que debió haberse hecho.En todos los casos, donde se trata de llenar necesidades o cometidos aparentemente imposibles, se impone concentrar la atención completa de un pueblo hacia el problema en cuestión, presentándolo tal como si de su solución dependiese el ser o el no ser. Sólo así podrá un pueblo hacerse capaz y apto para la realización de esfuerzos y de hechos verdaderamente eminentes. Este principio tiene también su validez para el individuo en particular, siempre que aspire a grandes cometidos.La prostitución es un oprobio para la humanidad y no se la puede destruir mediante prédicas morales o por la sola virtud de sentimientos piadosos. Su limitación y finalmente su desaparición suponen, como cuestión previa, descartar una serie de condiciones preliminares, siendo la primera de todas la de facilitar la posibilidad del matrimonio, de acuerdo con la naturaleza humana, a una edad menos tardía que en la actualidad. El grado a que ha llegado el desvarío y la incomprensión en muchas gentes de nuestros tiempos, nos prueba el hecho, no raro, de madres de la "buena sociedad" que, según dicen, sentiríanse satisfechas si sus hijas tuviesen por esposos a hombres que ya se "rompieron los cuernos", etc. La descendencia será entonces el resultado palpable de esas "racionales" uniones conyugales. Si aún se tiene en cuenta que además la natalidad queda restringida a un mínimun coartando el fenómeno de la selección natural y, como por otra parte, debe cuidarse la vida incluso del más miserable ser humano, sólo queda por interrogar, ¿para qué subsiste la institución del matrimonio y con qué finalidad?Así degeneran los pueblos civilizados precipitándose poco a poco en la ruina.Tampoco el matrimonio puede ser considerado como un fin en sí mismo, sino que debe servir a un objetivo más elevado, cual es la multiplicación y la conservación de la especie y de la raza. Esta es su razón de ser y su misión primordial.La importancia enorme que entraña esta cuestión debería comprenderse sobre todo en una época en que la llamada república "socialista", por su incapacidad para solucionar el problema de la vivienda, impide sencillamente la realización de infinidad de matrimonios y da con ello pábulo a la prostitución. Otra de las causas que obstaculiza el matrimonio en edad oportuna, radica en nuestro absurdo sistema de la distribución de sueldos, sin considerar el factor familia y la subsistencia de ésta.Quiere esto decir, resumiendo lo anterior, que sólo será posible abordar con verdadera eficacia la lucha contra la prostitución, el día en que, mediante una fundamental reforma de las condiciones sociales, se haga factible el matrimonio a una edad menor de lo que en la actualidad ocurre. En esto consiste lo esencial de la solución del problema.En segundo término incumbe a la educación y a la enseñanza la tarea de desarraigar una serie de defectos que hoy casi no se toman en cuenta.La educación, por ejemplo, debe tender a que el tiempo libre de que dispone el educando sea empleado en un provechoso entrenamiento físico. A esa edad no tiene él derecho alguno a barloventear por calles ni cinemas, sino que debe dedicarse, aparte de sus cotidianas labores, a fortalecer su joven organismo para que, cuando un día ingrese en la lucha por la existencia, la realidad de la vida no lo encuentre desprevenido. Encaminar y realizar, orientar y dirigir: esa es la tarea de la educación para la juventud y su rol no consiste exclusivamente en insuflar sabiduría. Es también su cometido anular la concepción errónea de que el ejercicio físico es cuestión personal de cada uno. No existe la libertad de pecar a costa de la progenie y con ello, de la raza.Paralelamente al proceso de la educación del cuerpo, debe iniciarse la lucha contra el emponzoñamiento del alma. El conjunto de nuestra vida de relación semeja en la actualidad un vivero de ideas y de estimulantes sexuales. Basta analizar el contenido de los programas de nuestros cinemas, varietés y teatros para llegar a la irrefutable conclusión de que todo esto no es precisamente el alimento espiritual que conviene a la juventud. Nuestra vida de relación tienen que ser liberada del perfume estupefaciente, así como del pudor fingido, indigno del hombre.Solo después de la ejecución de estas medidas, puede contarse con la posibilidad de una acción médico-profiláctica de resultado eficaz. Pero tampoco aquí puede tratarse de procedimientos a medias, sino de las más radicales decisiones. Es un contrasentido el dar a enfermos incurables la posibilidad constante, por decirlo así, de contagiar a los sanos. ¿Qué sentimiento de humanidad es ese según el cual por no hacer daño a uno solo se deja que otros cien sucumban...? El imperativo de hacer imposible a los seres defectuosos la procreación de una descendencia también defectuosa, es un imperativo de la más clara razón y significa, en su aplicación sistemática, la más humana acción de la humanidad. Ahorrará sufrimientos a millones de seres inocentes y determinará finalmente para el porvenir un mejoramiento progresivo. Se deberá proceder sin piedad, si el caso lo requiere, al aislamiento de enfermos incurables, bárbara medida para el infeliz afectado, pero una bendición para sus contemporáneos y para la posteridad.*

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Del mismo modo que hace sesenta años habría sido inconcebible un descalabro político de la magnitud del actual, no menos inconcebible hubiera sido el derrumbamiento cultural que empezó a revelarse a partir de 1900 en concepciones futuristas y cubistas. Sesenta años atrás hubiese resultado sencillamente imposible una exposición de las llamadas "expresiones dadaístas" y sus organizadores habrían ido a parar a una casa de orates, en tanto que hoy, llegan incluso a presidir instituciones artísticas.

Anomalías semejantes llegaron a observarse en Alemania casi en todos los dominios del arte y de la cultura. Daba la triste medida de nuestra decadencia interna el hecho de que no era posible permitir que la juventud visitase la mayoría de estos pseudo-centros artísticos, lo cual quedaba pública y descaradamente establecido al utilizarse la conocida placa de prevención: "Entrada prohibida para menores".

Considérese que se tienen que observar medidas de precaución precisamente en aquellos lugares que debían estar destinados sobre todo a la ilustración y educación de la juventud y no a la diversión de círculos viejos y pervertidos. ¿Qué hubiera exclamado Schiller ante tal estado de cosas y con qué indignación hubiese Goethe vuelto las espaldas?

¿Pero qué son Schiller, Goethe, o Shakespeare en comparación con esos nuevos "genios" del arte alemán actual? Figuras anticuadas y en desuso, figuras superadas, en suma. La característica de esta época, es pues, la siguiente: no se conforma con traer impurezas, sino que por añadidura vilipendia también todo lo realmente grande del pasado. Ya al terminar el siglo XIX, casi en todos los dominios del Arte, principalmente en los ramos del teatro y de la literatura, se produjeron ya muy pocas obras de importancia y se solía más bien degradar lo bueno de tiempos pasados, presentándolo como mediocre y superado.

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Aún debe mencionarse otro aspecto crítico: A fines del siglo pasado nuestras ciudades fueron perdiendo cada vez más el carácter de emporios de cultura para descender a la categoría de simples conglomerados humanos. La escasa conexión existente entre el proletariado actual de nuestras grandes urbes y el lugar mismo donde éste vive, evidencia que en tal caso no se trata efectivamente más que de un punto ocasional de residencia del individuo. Proviene esto del frecuente cambio de lugar debido a las condiciones sociales, cambio que no le da al obrero el tiempo necesario para crear una relación más estrecha con el medio donde habita; por otro lado, sin embargo hay que buscar también la razón de ese estado de cosas en el hecho de que las ciudades actuales son insignificantes y pobres en todo lo que a la cultura general se refiere. Esas ciudades no son otra cosa que un hacinamiento de enormes bloques de viviendas de alquiler, y nadie podrá sentir cariño por una ciudad que no ofrece un mayor atractivo que otra similar, carente de toda nota propia y en la cual se prescindió de todo cuanto representa arte.

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El análisis de la vida religiosa en Alemania antes de la guerra, da la medida del disgregamiento general que reinaba. Hacía tiempo que también en este aspecto grandes sectores de la opinión nacional carecían de una convicción unitaria e ideológicamente eficiente. No juega un rol tan negativo el que se desliga oficialmente de su religión, como aquel otro que es totalmente indiferente. Mientras nuestras dos confesiones cristianas (la católica y la evangélica) mantienen misiones en Asia y Africa, con el objeto de ganar nuevos prosélitos, esto es, empeñados en una actividad de modestos resultados frente a los progresos que realiza allá el mahometismo, pierden en Europa mismo millones y millones de adeptos convencidos, los cuales se hacen en absoluto indiferentes a la vida religiosa, o van por su propio camino. Sobre todo desde el punto de vista moral, son muy poco favorables las consecuencias.

Merece remarcarse también la lucha cada vez más violenta contra los fundamentos dogmáticos de las respectivas confesiones, fundamentos sin los cuales sería inconcebible la conservación práctica de una fe religiosa en este mundo humano. La gran masa de un pueblo no se compone de filósofos y es principalmente para las masas para quienes la fe constituye la única base de una ideología moral. Los diversos sustitutos no han probado su eficiencia ni su conveniencia, para que se hubiera podido ver en ellos una provechosa compensación de las creencias religiosas existentes. Para que la doctrina religiosa y la fe puedan realmente abarcar las grandes capas sociales, es necesario que la autoridad absoluta que fluye del fondo de esa fe, sea el fundamento de su eficiencia. Lo que para la vida general significan las costumbres, sin las cuales sólo cientos de miles de hombres de nivel intelectual superior vivirían racionalmente, mientras otros millones no - lo representan les leyes para el Estado y los dogmas para las religiones.

Sólo mediante los dogmas, la concepción puramente espiritual, vacilante y de interpretación infinitamente variable, llega a precisarse y adquirir una forma concreta, sin la cual jamás podría convertirse en fe. Lo contrario significaría que la idea no es susceptible de ser jamás exaltada por encima de una concepción metafísica, o mejor, por encima de una opinión filosófica. Por eso la acometida dirigida contra los dogmas se asemeja mucho a la lucha contra los fundamentos legales del Estado; y del mismo modo que esta lucha acabaría en una anarquía estatal completa, la acción antidogmática tendría por resultado un nihilismo religioso, carente de todo valor.

Para el político, la apreciación del valor de una religión debe regirse menos por las deficiencias quizá innatas en ella, que por la bondad cualitativa de un substituto doctrinal visiblemente mejor. Pero mientras no se haya encontrado un tal substituto, sólo los locos y los criminales podrían atreverse a demoler lo existente.

Las peores anomalías, sin embargo, provienen del abuso de la convicción religiosa con fines políticos. Si la vida religiosa en Alemania antes de la guerra, había adquirido para muchos un sabor desagradable, no se debía esto a otra cosa más que al abuso cometido con el cristianismo por un partido político llamado "cristiano" y por el descaro con que se trató de identificar la religión católica con un partido también político.

Esta funesta suplantación procuró mandatos parlamentarios a una serie de inútiles, en tanto que a la Iglesia no le trajo consigo sino daños.

El resultado de semejantes anomalías tenía que soportarlo la nación entera, pues, las consecuencias emergentes del debilitamiento de la vida religiosa vinieron a producirse precisamente en una época en que ya todo había empezado a ceder y vacilar, amenazando con el derrumbamiento de los tradicionales fundamentos de la moral y de las buenas costumbres.

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También en el campo de la actividad política veía el espíritu observador anomalías que, si no eran eliminadas o corregidas a tiempo, podían y debían considerarse fatalmente como signos de una inminente decadencia del Imperio. La falta de orientación de la política alemana tanto interna como externa, no escapaba a la penetración de nadie que deliberadamente hubiese querido darse cuenta de la situación. En los círculos oficiales de gobierno se notaba frente a las revelaciones de un Houston Steward Chamberlain la misma indiferencia que hoy se observa.

Ya en tiempos anteriores a la guerra muchos se habían dado cuenta de que justamente aquella institución que debía encarnar la vitalidad del Reich – el Parlamento, el Reichstag- era la más vulnerable de todas.

Una de las muchas afirmaciones faltas de reflexión que hoy se suelen oír con frecuencia, es aquella de que el parlamentarismo en Alemania había fracasado " a partir de la revolución de 1918". Muy fácilmente se despierta así la impresión de que antes de esa época era otro el rol del parlamento.

Siempre fue mediocre todo lo subordinado a la influencia del parlamento de entonces, sea cual fuese el aspecto que se considere. Mediocre y deficiente era la política aliancista del Reich. Y mediocre también la política que se hacia frente a Polonia; optóse por las provocaciones, sin abordar jamás en serio el problema mismo. El resultado no fue ni favorable al germanismo ni conciliatorio con Polonia, pero sí significó la enemistad con Rusia. Mediocre fue igualmente la solución que se dio a la cuestión de Alsacia y Lorena. En lugar de triturar de una vez para todas la cabeza de la hidra francesa y de conceder, por otra parte, igualdad de derechos a los alsacianos, no se hizo ni lo uno ni lo otro. Aunque tampoco hubiera sido posible lograr nada, puesto que en las filas de los grandes partidos militaban también los mayores traidores de la patria; Watterlé, por ejemplo, en el partido del Centro.

Todo esto había sido todavía soportable si semejante estado de mediocridad general no hubiese acabado también por hacer víctima suya a aquella entidad de la cual dependía en último término la existencia del Reich: el ejército.

El crimen que con esto cometió el llamado "parlamento alemán" basta y sobra para hacer pesar para siempre sobre él la maldición del pueblo Alemán.

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Mientras el judaísmo, mediante su prensa marxista y demócrata, difundía por el mundo la mentira del "militarismo alemán", tratando de culpar a Alemania por todos los medios, los partidos marxistas y demócratas por su parte se oponían sistemáticamente al plan de una amplia instrucción militar del pueblo alemán. El monstruoso crimen que con ello se cometió, saltaba a primera vista para todo aquél que sólo hubiese pensado que en el caso de una guerra, la nación entera debía ponerse bajo las armas y que por la misma causa –la infamia de esos ilustres personajes de la llamada "representación nacional"- millones de alemanes serían lanzados contra el enemigo en condiciones de insuficiente e incluso mala preparación militar.

Si tratándose de las fuerzas de tierra se instruía un número de reclutas demasiado reducido, igual deficiencia se notaba con respecto de las fuerzas navales, haciendo poco menos que nula la institución destinada a la defensa nacional. Ya en la orientación adoptada para el programa de organización naval, el Almirantazgo renunció a la posibilidad de la acción ofensiva, colocándose así desde un principio en el plano de la defensiva. Quería decir, pues, que con esto se renunciaba automáticamente a la posibilidad del éxito definitivo que radica y que radicará siempre en la acción ofensiva.

Si en la batalla de Skagerrak las unidades alemanas hubiesen tenido el mismo desplazamiento, igual cantidad de artillería y la misma velocidad que las naves inglesas, la flota británica habría hallado su tumba bajo el huracán de las granadas alemanas de calibre 38 que eran de mayor precisión y eficacia que las del adversario. Y lo que, pese a estas deficiencias, alcanzó sin embargo como gloria inmarcesible la armada alemana, no hay que atribuirlo sino a la buena calidad del marino alemán y también a la capacidad y al incomparable heroísmo de los oficiales y de sus subordinados.

Quién medite sobre todo el sacrificio que significó para la nación el punible descuido de gentes totalmente faltas de responsabilidad; quién reflexione sobre las vidas inmoladas en vano y la suerte de los mutilados, así como también en la vergüenza única y la infinita miseria de que ahora somos víctimas; quién sepa, en fin, que todo eso vino sólo para abrir el camino hacia las carteras ministeriales a unos ambiciosos sin escrúpulos, cazadores de puestos públicos; quién recapacite sobre todo esto comprenderá que a tales seres humanos no se les puede dar ciertamente otro calificativo que el de canallas y criminales.

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Había también muchos aspectos ventajosos frente a las deficiencias mencionadas y frente a otras más de la vida alemana de la época anterior a la guerra. Analizando imparcialmente las circunstancias, se debe llegar a la conclusión de que la mayoría de nuestros defectos eran también en gran parte propios de otros países y pueblos, los cuales con frecuencia nos superaban enormemente en este respecto, pero sin poseer nuestras cualidades realmente buenas.

Entre las fuentes incontaminadas de la nación debemos puntualizar tres instituciones que eran ejemplares y hasta se pueden decir únicas en su género.

En primer término, la constitución misma del Estado y la caracterización que ella había alcanzado en la Alemania contemporánea. Por cierto que en esto debe prescindirse de la personalidad de algunos monarcas, afectados de todas las debilidades humanas. Varios de esos monarcas preferían rodearse de aduladores más que de espíritus rectos y se dejaban aconsejar por aquellos.

De valor indiscutible era sin duda la estabilidad del Estado en su conjunto, bajo la forma monárquica de gobierno, así como el hecho de que hasta los últimos cargos públicos quedaban a cubierto de la especulación de políticos ambiciosos. Luego la dignidad de la institución estatal en sí y la autoridad resultante de ella aparte de la relevante posición del cuerpo administrativo del Reich y ante todo la del ejército por estar sobre el plano de los compromisos políticos de partido. A esto se añadía aún la ventaja de que el poder del Estado estaba encarnado en la persona del monarca, constituyendo así el símbolo de una responsabilidad que éste asumía en escala superior a la del conglomerado casual de una mayoría parlamentaria. Sobre todo debióse a esto la idoneidad proverbial de la administración pública alemana. Por último, lo que en materia de arte y de ciencia fomentaron los monarcas alemanes, en particular durante el siglo XIX, ha quedado como digno de ejemplo y la época actual no puede en ningún caso ser comparada con la de entonces en ese orden.

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Sin embargo es al ejército a quien corresponde el rol de factor cualitativo por excelencia en la época en que la desmoralización se iniciaba y comenzaba a cundir en el organismo nacional. Lo que el pueblo alemán le debe al ejército se resume en una sola palabra: todo.

El ejército inculcó el sentimiento de la responsabilidad absoluta y fomentó también el espíritu de decisión.

Contrariamente a lo que ocurría en la vida corriente, saturada de codicia y de materialismo, el ejército educó al pueblo hacia el ideal y hacia la devoción por la patria y por su grandeza. El ejército fue una escuela de educación del pueblo, unido frente a la división de clases y quizá su único defecto fue el de haber instituido el sistema del servicio voluntario de un año; defecto decimos, porque debido a ese sistema se dañaba el principio de la igualdad absoluta, colocando al individuo de mayor preparación intelectual fuera del marco común, lo contrario de lo cual es lo que precisamente habría sido lo provechoso. Ante la carencia del sentido real de la vida que dominaba en nuestras clases elevadas y su alejamiento de su mismo pueblo, habría sido el ejército precisamente el único capaz de influir benéficamente, evitando, por lo menos dentro de sus filas, todo aislamiento de la clase llamada intelectual.

Al ejército del antiguo Imperio hay que reconocerle como su más alto mérito el que en una época en que predominaba el criterio de la "mayoría general de cabezas", supo imponer cabezas sobre la mayoría. Frente al principio judío-demócrata de la ciega idolatría por el número, el ejército matuvo inconmovible el principio de la fe en la personalidad. De este modo formó eso que tanta falta hace en los tiempos actuales: hombres. Al fango de un apoltronamiento y afeminamiento generales regresaban anualmente de las filas del ejército 350.000 jóvenes pletóricos de energías, que en un período de instrucción militar de dos años habían adquirido una acerada constitución física. El joven que durante ese tiempo había practicado la obediencia podía entonces aprender a mandar. Ya en el ademán se reconocía al hombre que había sido soldado.

Esa fue la alta escuela de la nación alemana y no en vano se concentraba sobre ella el odio mortal de aquellos que, por envidia y ambición, anhelaban y necesitaban para sus fines, la impotencia del Reich y la ausencia de la capacidad defensiva de sus ciudadanos.

Junto a la forma constitutiva del Estado y a la ponderada calidad del ejército, la incomparable organización administrativa del antiguo Reich integraba el conjunto de las tres instituciones ejemplares del Imperio.

Alemania era el país mejor organizado y mejor administrado del mundo. Al funcionario alemán podía tachársele fácilmente de rutinarismo burocrático, más, no por eso en los demás países las circunstancias eran diferentes; por el contrario, eran quizá peores. Lo que esos Estados no poseían era la admirable estabilidad del mecanismo administrativo y la incorruptible honradez y lealtad de los funcionarios con que contaba el Reich.

Sobre su constitución estatal, su ejército y su organización administrativa descansaba la fuerza y el poderío admirables del antiguo Imperio.

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Si se considera que frente a las deficiencias que existieron en Alemania antes de la guerra, habían también poderosos aspectos favorables, llegaremos a la conclusión de que la causa inicial del desastre de 1918 debe buscarse en otro terreno diferente, y en efecto este es el caso.

La última y la más profunda razón que determinó la ruina del Imperio, residía en el hecho de no haber reconocido oportunamente la trascendencia que tiene el problema racial en el porvenir de los pueblos.

 


[1] Por Bismark el 30 de enero de 1871.

[2] La época que siguió a la revolución marxista en 1918.

 

 


 

CAPÍTULO ONCE

La nacionalidad y la raza

Hay verdades que están tan a la vista de todos que, precisamente por eso, el vulgo no las ve o por lo menos no las reconoce. Así peregrinan los hombres en el jardín de la Naturaleza y se imaginan saberlo y conocerlo todo pasando, con muy pocas excepciones, como ciegos junto a uno de los más salientes principios de la vida; el aislamiento de las especies entre sí.

Basta la observación más superficial para demostrar cómo las innumerables formas de la voluntad creadora de la Naturaleza están sometidas a la ley fundamental inmutable de la reproducción y multiplicación de cada especie restringida a sí misma. Todo animal se apareja con un congénere de su misma especie. Sólo circunstancias extraordinarias pueden alterar esa ley. Todo cruzamiento de dos seres cualitativamente desiguales da un producto de término medio entre el valor cualitativo de los padres; es decir que la cría estará en nivel superior con respecto a aquel elemento de los padres que racialmente es inferior, pero no será de igual valor cualitativo que el elemento racialmente superior de ellos.

También la historia humana ofrece innumerables ejemplos en este orden; ya que demuestra con asombrosa claridad que toda mezcla de sangre aria con la de pueblos inferiores tuvo por resultado la ruina de la raza de cultura superior. La América del Norte, cuya población se compone en su mayor parte de elementos germanos, que se mezclaron sólo en mínima escala con los pueblos de color, racialmente inferiores, representa un mundo étnico y una civilización diferentes de lo que son los pueblos de la América Central y la del Sur, países en los cuales los emigrantes, principalmente de origen latino, se mezclaron en gran escala con los elementos aborígenes. Este solo ejemplo permite claramente darse cuenta del efecto producido por la mezcla de razas. El elemento germano de la América del Norte, que racialmente conservó su pureza, se ha convertido en el señor del Continente americano y mantendrá esa posición mientras no caiga en la ignominia de mezclar su sangre.

Todo cuanto hoy admiramos –ciencia y arte, técnica e inventos- no es otra cosa que el producto de la actividad creadora de un número reducido de pueblos y quizá, en sus orígenes, de un solo pueblo. Todas las grandes culturas del pasado cayeron en la decadencia debido sencillamente a que la raza de la cual habían surgido envenenó su sangre.

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Si se dividiese la Humanidad en tres categorías de hombres: creadores, conservadores y destructores de cultura, tendríamos seguramente como representante del primer grupo sólo al elemento ario. El estableció los fundamentos y las columnas de todas las creaciones humanas; únicamente la forma exterior y el colorido dependen del carácter peculiar de cada pueblo.

Casi siempre el proceso de su desarrollo dio el siguiente cuadro:

Grupos arios, por lo general en proporción numérica verdaderamente pequeña, dominan pueblos extranjeros y desarrollan, gracias a las especiales condiciones de vida del nuevo ambiente geográfico (fertilidad, clima, etc.) así como también favorecidos por el gran número de elementos auxiliares de raza inferior disponibles para el trabajo, la capacidad intelectual y organizadora latente en ellos. En pocos milenios y hasta en siglos logran crear civilizaciones que llevan primordialmente el sello característico de sus inspiradores y que están adaptadas a las ya mencionadas condiciones del suelo y de la vida de los autóctonos sometidos. A la postre empero, los conquistadores pecan contra el principio de la conservación de la pureza de la sangre que habían respetado en un comienzo. Empiezan a mezclarse con los autóctonos y cierran con ello el capítulo de su propia existencia.

Una de las condiciones más esenciales para la formación de culturas elevadas fue siempre la existencia de elementos raciales inferiores, porque únicamente ellos podían compensar la falta de medios técnicos, sin los cuales ningún desarrollo superior sería concebible. Seguramente la primera etapa de la cultura humana se basó menos en el empleo del animal doméstico que en los servicios prestados por hombres de raza inferior.

Fue después de la esclavización de pueblos vencidos cuando comenzó a afectar también a los animales el mismo destino y no viceversa, como muchos suponen; pues, primero fue el vencido quién debió tirar del arado y sólo después de él vino el caballo. Únicamente los locos pacifistas pueden ser capaces de considerar esto como un signo de iniquidad humana, sin darse cuenta de que ese proceso evolutivo debió realizarse para llegar al final a aquel punto desde el cual los apóstoles pacifistas propagan hoy sus disparatadas concepciones.

El progreso de la Humanidad semeja el ascenso por una escalera sin fin, donde no se puede subir sin haberse servido antes de los primeros peldaños. El ario debió seguir el camino que la realidad le señalaba y no aquel otro que cabe en la fantasía de un moderno pacifista.

Se hallaba precisado con claridad el camino que el ario tenía que seguir. Como conquistador sometió a los hombres de raza inferior y reguló la ocupación práctica de estos bajo sus órdenes conforme a su voluntad y de acuerdo con sus fines. Mientras el ario mantuvo sin contemplaciones su posición señorial fue, no sólo realmente el soberano, sino también el conservador y propagador de la cultura.

La mezcla de sangre y, por consiguiente, la decadencia racial son las únicas causas de la desaparición de viejas culturas; pues, los pueblos no mueren por consecuencia de guerras perdidas sino debido a la anulación de aquella fuerza de resistencia que sólo es propia de la sangre incontaminada.

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Si se inquieren las causas profundas de la importancia predominante del arrianismo, se puede responder que esa importancia no radica precisamente en un vigoroso instinto de conservación, pero si en la forma peculiar de manifestación de ese instinto. Subjetivamente considerada, el ansia de vivir se revela con igual intensidad en todos los seres humanos y difiere sólo en la forma de su efecto real. El instinto de conservación en los animales más primitivos se limita a la lucha por la propia existencia. Ya en el hecho de la convivencia entre el macho y la hembra, por sobre el marco del simple ayuntamiento, supone una amplificación del instinto de conservación natural. Casi siempre el uno ayuda al otro a defenderse, de modo que aquí aparecen, aunque infinitamente primitivas, las primeras formas de espíritu de sacrificio. Desde el marco estrecho de la familia, nace la condición inherente a la formación de asociaciones más o menos vastas y por último la conformación de los mismos Estados.

Sólo en muy mínima escala existe esta facultad entre los seres humanos primitivos, hasta tal punto, que estos no pasan de la etapa de la formación de la familia. Cuanto mayor sea la disposición para supeditar los intereses de índole puramente personal, tanto mayor será también la capacidad que tenga el hombre para establecer vastas comunidades.

Este espíritu de sacrificio, dispuesto a arriesgar el trabajo personal y si es necesario la propia vida en servicio de los demás, está indudablemente más desarrollado en el elemento de la raza aria que en el de cualquier otra. No sólo sus cualidades enaltecen la personalidad del ario, sino también la medida en la cual está dispuesto a poner toda su capacidad al servicio de la comunidad. El instinto de conservación ha alcanzado en él su forma más noble al subordinar su propio yo a la comunidad y llegar al sacrificio de la vida misma en la hora de la prueba. El criterio fundamental del cual emana este modo de obrar lo denominan –por oposición al egoísmo- idealismo. Bajo este concepto entendemos únicamente el espíritu de sacrificio del individuo a favor de la colectividad, a favor de sus semejantes.

Justamente en épocas en las cuales el sentimiento idealista amenaza desaparecer, nos es posible constatar de una manera inmediata una disminución de aquella fuerza que forma la comunidad y proporciona así las condiciones inherentes a la cultura. Tan pronto como el egoísmo impera en un pueblo, se deshacen los vínculos del orden y los hombres imbuidos por la ambición del bienestar personal se precipitan del cielo al infierno.

La posteridad olvida a los hombres que laboraron únicamente en provecho propio y glorifica a los héroes que renunciaron a la felicidad personal.

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El antípoda del ario es el judío.

Sus cualidades intelectuales han sido ejercitadas en el curso de los milenios. El nivel cultural corriente le proporciona al individuo –sin que muchas veces él mismo se dé cuenta de ello- un cúmulo tal de conocimientos preliminares que con este bagaje queda habilitado para poder encaminarse por sí solo. Como el judío jamás poseyó una cultura propia, los fundamentos de su obra intelectual siempre fueron tomados de fuentes ajenas a su raza, de modo que el desarrollo de su intelecto, tuvo lugar en todos los tiempos dentro del ambiente cultural que le rodeaba.

Nunca se produjo el fenómeno inverso.

Porque si bien el instinto de conservación del pueblo judío no es menor, sino más bien mayor que el de otros pueblos, y aunque también sus aptitudes intelectuales despiertan la impresión de ser iguales a las de las demás razas, en cambio le falta en absoluto la condición esencial inherente al pueblo culto; el sentimiento idealista.

El espíritu de sacrificio del pueblo judío no va más allá del simple instinto de conservación del individuo. Su aparente gran sentido de solidaridad no tienen otra base que la de un instinto gregario muy primitivo, tal como puede observarse en muchos otros seres de la naturaleza. Notable en este aspecto es el hecho de que ese instinto gregario conduce al apoyo mutuo únicamente mientras un peligro común lo aconseje conveniente o indispensable. Es, pues, un error fundamental deducir que por la sola circunstancia de asociarse para la lucha o mejor dicho para la explotación de los demás, tengan los judíos un cierto espíritu idealista de sacrificio. Tampoco en esto impulsa al judío otro sentimiento que el del puro egoísmo individual.

Por eso también el Estado judío –debiendo ser el organismo viviente, destinado a la conservación y multiplicación de una raza- constituye, desde el punto de vista territorial, un Estado sin límite alguno. Porque la circunscripción territorial determinada de un Estado supone en todo caso una concepción idealista de la raza que lo constituye y ante todo supone tener una noción cabal del concepto trabajo. En la misma medida que se carece de este criterio, falla también toda tentativa de formar y hasta de conservar un Estado territorialmente limitado. En consecuencia, le falta a ese Estado la base primordial sobre la cual puede erigirse una cultura, porque la aparente cultura que posee el judío no es más que el acervo cultural de otros pueblos, ya corrompido en gran parte en manos judías.

Al juzgar el judaísmo desde el punto de vista de su relación con el problema de la cultura humana, no se debe olvidar, como una característica esencial, que jamás existió ni hoy, consiguientemente puede existir, un arte judío.

Como el pueblo judío nunca poseyó un Estado con una circunscripción territorial determinada y tampoco, en consecuencia, tuvo una cultura propia, surgió la creencia de que se trataba de un pueblo que cabía clasificarlo entre los nómadas. Este es un error tan profundo como peligros. El nómada vive indudablemente en una circunscripción territorial definida, sólo que no cultiva el suelo como campesino arraigado, sino que vive del producto de su ganado, peregrinando como pastor en sus territorios. La razón determinante de este modo de vivir hay que buscarla en la escasa fertilidad del suelo que no le permite radicarse en un lugar fijo.

No, el judío no es un nómada; pues, hasta el nómada tuvo ya una noción definida del concepto "trabajo", que habría podido servirle de base para una evolución ulterior siempre que hubiesen concurrido en él las condiciones intelectuales necesarias. El judío fue siempre un parásito en el organismo nacional de otros pueblos, y si alguna vez abandonó su campo de actividad no fue por voluntad propia, sino como un resultado de la expulsión que de tiempo en tiempo sufriera de aquellos pueblos de cuya hospitalidad había abusado. "Propagarse" es una característica típica de todos los parásitos, y es así como el judío busca siempre un nuevo campo de nutrición.

En la vida parasitaria que lleva el judío, incrustada en el cuerpo de naciones y Estados, está la razón de eso que un día indujera a Schopenhauer a exclamar que el judío es el "gran maestro de la mentira". Su vida en medio de otros pueblos puede, a la larga, subsistir, solamente si logra despertar en ellos la creencia de que, en su caso, no se trata de un pueblo, sino de una "comunidad religiosa", aunque muy singular.

Esta es por cierto su primera gran mentira.

Para poder vivir como parásito de pueblos, tiene que recurrir el judío a la mixtificación de su verdadero carácter. Ese juego resultará tanto más cabal cuanto más inteligente sea el judío que lo ponga en práctica; y hasta es posible que una gran parte del pueblo que le concede hospitalidad llegue a creer seriamente que el judío es en verdad un francés, un inglés, un alemán o un italiano con la sola diferencia de su religión.

Los primeros judíos llegaron a las tierras de Germania durante la invasión de los romanos, y como siempre en calidad de mercaderes. En el vaivén de las invasiones de los bárbaros, desaparecieron aparentemente, de suerte que se puede considerar la época de la organización de los primeros estados germánicos como el comienzo de una nueva y definitiva judaización del centro y del norte de Europa. El proceso del desarrollo que se inicia siempre que elementos judíos se ven frente a pueblos arios, donde quiera que sea, tiene en todos los casos las mismas o muy parecidas características.

Con el establecimiento de las primeras colonizaciones hace el judío súbitamente su aparición. Paulatinamente se introduce en la vida económica, no como productor, sino exclusivamente como intermediario. Su habilidad mercantil de experiencia milenaria, lo coloca en un plano de gran ventaja con relación al ario, todavía ingenuo e ilimitadamente franco. Comienza por prestar dinero. Los negocios bancarios y del comercio acaban por ser de monopolio exclusivo. El tipo del interés usurario que cobra provoca al fin resistencias, excita indignación su creciente descaro y su riqueza mueve a envidia. Su tiranía expoliadora llega a tal punto, que se producen reacciones violentas contra él; pero ninguna persecución es capaz de apartarlo de sus métodos de explotación humana, ni se puede lograr expulsarlo, porque pronto vuelve a aparecer y es el mismo de antes. Para evitar por lo menos lo peor, se comienza a proteger el suelo contra la mano avarienta del judío, dificultándosele la adquisición de terrenos.

Cuanto más aumenta el poder de las dinastías, mayor es su empeño de acercarse a ellas. Por último, no necesita más que dejarse bautizar para entrar en posesión de todas las ventajas y derechos de los hijos del país. El judío hace este negocio con bastante frecuencia para beneplácito, por una parte, de la Iglesia que celebra la ganancia de un nuevo feligrés y, por otra de Israel que se siente satisfecho del fraude consumado. Aun en tiempos de Federico el Grande a nadie se le habría ocurrido ver en los judíos otra cosa que un pueblo "extraño" y el mismo Goethe se horrorizaba ante la idea de que en el futuro la ley no prohibiese el matrimonio entre cristianos y judíos. ¡Por Dios! que Goethe no ha sido ni un reaccionario ni un ilota. Lo que expresó no fue más que la voz de la sangre y de la razón. Pese a los vergonzosos manejos de las Cortes, el pueblo se percata intuitivamente de que el judío es un cuerpo extraño en el organismo nacional y lo trata como a tal.

Pero debió cambiar este estado de cosas. En el transcurso de más de un milenio ha llegado el judío a dominar en una medida tal el idioma del pueblo que le da hospitalidad, que cree poder arriesgarse a acentuar menos que antes su semitismo y en cambio decantar más su "germanismo". Con esto se produce el caso de una de las mixtificaciones más infames que se puede imaginar. La raza no radica en el idioma, sino exclusivamente en la sangre; una verdad que nadie conoce mejor que el judío mismo, el cual justamente da poca importancia a la conservación de su idioma, en tanto que le es capital el mantenimiento de la pureza de su sangre.

La razón por la cual el judío se decide en convertirse de un momento a otro en un "alemán", surge a la vista: su aspiración única tiende a la adquisición del goce pleno de los derechos del "ciudadano".

Previamente empieza por reparar ante los ojos del pueblo el daño que hasta aquí le había inferido. Inicia su evolución como "benefactor" de la humanidad. Corto tiempo después comienza a tergiversar las cosas, presentándose como si hasta entonces hubiese sido la única víctima de las injusticias de los demás y no viceversa. Algunas gentes excesivamente tontas creen en la patraña y no pueden menos que compadecer al "pobre infeliz".

Algo más todavía: el judío se hace también intempestivamente liberal y se muestra un entusiasta del progreso necesario a la humanidad. Poco a poco llega a hacerse de ese modo el portavoz de una nueva época.

Pero lo cierto es que él continua destruyendo radicalmente los fundamentos de una economía realmente útil al pueblo. Indirectamente, adquiriendo acciones industriales, se introduce en el círculo de la producción nacional; convierte esta en un objeto de fácil especulación mercantilista, despojando a las industrias y fábricas de su base de propiedad personal. De aquí nace aquel alejamiento subjetivo entre el patrón y el trabajador que conduce más tarde a la división política de las clases sociales.

A fin de cuentas, gracias a la Bolsa, crece con extraordinaria rapidez la influencia del judío en el terreno económico. Asume el carácter de propietario por lo menos el de controlador de las fuentes nacionales de producción.

Para reforzar su posición política, el judío trata de eliminar las barreras establecidas en el orden racial y civil